

He was born on April 8, 1931, in Montevideo, Uruguay. Ernesto began working at the age of 14 and quickly earned a reputation for his exceptional skill in automotive body work. In a time when replacement parts were rare, he became known for his ability to completely restore damaged vehicles by hand, earning him the nickname "El Martillito de Oro"—The Golden Hammer. People traveled from other countries just to have their cars repaired by him.
In Venezuela, Ernesto co-founded Feroplas, a furniture company that gained recognition for its craftsmanship and served clients including hotels and racetracks. After immigrating to the United States, he continued his work at Apollo Body Shop, later founding his own business, Collision Techniques. Years later, he returned to Apollo and eventually joined his son Rafael’s coatings company, working until his retirement at age 83.
Ernesto had an inventor’s heart and was always creating. He modified his bike for better gear shifting, built a beer cooling system with copper coils and ice blocks, created makeshift water heaters, and wired a lamp to his alarm clock so it turned on when the alarm rang. He loved solving problems and inventing practical solutions.
Ernesto never took life too seriously. He always had a joke ready—usually from the same beloved set that everyone had heard before. His family knew the punchlines by heart, but they laughed anyway because his joy was infectious. He believed that age was only something marked on a calendar—not a real limit—and he lived by that philosophy every day. He felt young until the very end.
He loved to work and to help others. Whether you invited him to a party or a family dinner, if something needed fixing or doing, he was the first one to roll up his sleeves and get it done.
He loved cycling and participated in races and marathons. He loved the beach and had a beach house in every country he lived in. Most of all, he cherished family time—his happiest moments were around the table with loved ones.
He and Nivia were married for 74 years—a testament to their deep love, commitment, and lifelong partnership. Ernesto is survived by his beloved wife, Nivia; sons Enrique and Rafael; daughter Maria; granddaughters Patricia, Gabriela, Angie, and Maribel; great-grandchildren David, Michael, Dylan, Landon, and Dylan; and his sister Gladys. He was preceded in death by his parents Isabel and Juan; brothers Oscar and Luis Douglass; and his son Ernesto.
Ernesto leaves behind a legacy of resilience, creativity, and deep love for his family. He will be profoundly missed and forever remembered.
Ernesto Leon
8 de abril de 1931 – 11 de mayo de 2025 | April 8, 1931 – May 11, 2025
Ernesto Leon, de 94 años, falleció en paz el 11 de mayo de 2025 en Houston, Texas, rodeado del amor de su familia.
Nació el 8 de abril de 1931 en Montevideo, Uruguay. Comenzó a trabajar a los 14 años y pronto se hizo conocido por su talento excepcional en el trabajo de carrocería automotriz. En una época en la que las piezas de repuesto eran escasas, se destacó por su habilidad para restaurar vehículos dañados completamente a mano, lo que le valió el apodo de “El Martillito de Oro.” Personas de otros países viajaban solo para que él arreglara sus autos.
En Venezuela, cofundó Feroplas, una empresa de muebles que se ganó el reconocimiento por su calidad artesanal y recibió encargos de hoteles, hipódromos y otros lugares importantes. Al emigrar a Estados Unidos, continuó su trabajo en Apollo Body Shop, y más adelante fundó su propio taller, Collision Techniques. Años después, regresó a Apollo y, eventualmente, trabajó en la empresa de recubrimientos de su hijo Rafael hasta su jubilación a los 83 años.
Ernesto tenía un alma de inventor y siempre estaba creando. Modificó su bicicleta para cambiar las velocidades desde el manubrio, construyó un sistema de enfriamiento de cerveza con serpentines de cobre y bloques de hielo, creó calentadores de agua improvisados y hasta conectó una lámpara a su despertador para que se encendiera con la alarma. Disfrutaba resolviendo problemas y encontraba soluciones prácticas con objetos cotidianos.
Ernesto nunca se tomó la vida demasiado en serio. Siempre tenía un chiste preparado—por lo general del mismo repertorio de siempre que todos ya conocían. Su familia sabía los remates de memoria, pero igual se reían porque su alegría era contagiosa. Creía que la edad era solo un número en el calendario, no un límite real, y vivió con esa filosofía todos los días. Se sintió joven hasta el último momento.
Le encantaba trabajar y ayudar a los demás. No importaba si lo invitaban a una fiesta o a una cena familiar, si algo necesitaba arreglarse o hacerse, él era el primero en ofrecerse para ayudar.
Amaba el ciclismo y participó en carreras y maratones. Le encantaba la playa, y tuvo casas en la playa en cada país donde vivió. Pero por encima de todo, amaba a su familia. Sus momentos más felices eran cuando todos estaban reunidos, especialmente alrededor de una comida compartida.
Ernesto y Nivia estuvieron casados durante 74 años, un verdadero testimonio de su amor, compromiso y unión inquebrantable. Le sobrevive su amada esposa, Nivia; sus hijos Enrique y Rafael; su hija María; sus nietas Patricia, Gabriela, Angie y Maribel; sus bisnietos David, Michael, Dylan, Landon y Dylan; y su hermana Gladys. Le precedieron en fallecimiento sus padres Isabel y Juan; sus hermanos Óscar y Luis Douglass; y su hijo Ernesto.
Ernesto deja un legado de resiliencia, creatividad y un profundo amor por su familia. Será profundamente extrañado y recordado por siempre.
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