Enrique fue precedido en la muerte por su amada esposa, Ángela Polo. Le sobrevive su querida hija, Julissa Polo, quien fue una de las grandes alegrías de su vida.
Enrique fue un hombre humilde, de gran corazón y siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara. Creció practicando su fe católica, la cual lo acompañó a lo largo de su vida y guio muchos de sus valores. Era conocido por su generosidad, su sencillez y su profundo amor por la familia y los amigos.
Fue un excelente cocinero y disfrutaba especialmente preparar y compartir sus famosas margaritas. Aficionado apasionado de los Dodgers, vivía cada juego con entusiasmo. Amaba profundamente a su fiel compañero, su perro Bailey, quien fue parte importante de su vida diaria.
Enrique también disfrutaba viajar y conocer nuevos lugares, con un cariño especial por Panamá, Costa Rica y, por supuesto, su querido México, al que siempre llevaba en el corazón.
Su partida deja un gran vacío, pero su recuerdo vivirá por siempre en quienes tuvieron el privilegio de conocerlo. Será profundamente extrañado por su familia y amigos, quienes lo recordarán con amor, gratitud y admiración.