A lo largo de su vida, Carlos Enrique fue una presencia profundamente querida y apreciada por quienes tuvieron el privilegio de conocerlo. Con entrega constante y un espíritu de servicio marcado por la compasión, supo acompañar a los suyos con cercanía y consideración, dejando una huella de afecto sincero en su entorno.
Su carácter se distinguió por la valentía serena y la disposición a enfrentar los desafíos con firmeza. Trabajador incansable y dedicado en todo lo que asumía, vivió con sentido de responsabilidad y compromiso, sosteniendo con perseverancia aquello que consideraba importante. En su manera de vivir también se reflejaron la fe y la devoción que guiaron sus pasos, así como una inclinación a mirar la vida con curiosidad y ánimo de explorar, propia de un corazón con espíritu aventurero.
Carlos Enrique residía en Bayamon, Puerto Rico. Su memoria permanecerá con respeto y gratitud en quienes lo recordarán por su entrega, su bondad y el cariño que supo sembrar.