Residía en Toa Alta, Puerto Rico. Su partida deja una huella serena y perdurable en quienes tuvieron el privilegio de conocerla y quererla.
A lo largo de sus años, Carmen Maria fue una presencia entrañable y apreciada, reconocida por su trato gentil y su corazón compasivo.
En su manera de estar en el mundo se reflejaban la paciencia y la sensatez; en sus decisiones, una honestidad firme; y en su día a día, la constancia de una mujer trabajadora y dedicada.
Con discreción y fortaleza, supo sostener a los suyos, mostrando resiliencia ante las pruebas y valentía cuando la vida lo exigió. Su pensamiento atento y su sabiduría —forjada con el tiempo— ofrecían calma, guía y consuelo.
Entre quienes la sobreviven se encuentra su hijo, Manuel Antomattey Ortiz. Su memoria será guardada con cariño, como se guarda lo más valioso: con gratitud, respeto y amor.