

Flor nació en el pueblo de Maricao, un pequeño pueblo al oeste de nuestra isla del encanto. Era la cuarta hija de un total de siete hermanos. Venía de una familia muy humilde. Su papá, Julio, era trovador, por lo que se ausentaba frecuentemente de la casa, llevando su canto por los campos y los pueblos de la isla. Su mamá, Moncha, se dedicaba a cuidar de sus hijos, a cocinar en el fogón y a hacer los quehaceres de la casa. Durante el día, iban al río a lavar la ropa y a bañarse. También a sacar el agua que necesitaban para beber y cocinar.
Aunque Flor llegó sólo a segundo grado en la escuela, su amor por la lectura y toda su gama de experiencias la dotaron de gran sabiduría.
Desde pequeña aprendió, que para ganarse el pan de cada día tenía que trabajar. Al regresar de la escuela, Flor ayudaba a bordar pañuelos y a recoger café. Al morir su mamá, aunque solamente tenía 12 años, se hizo cargo de sus tres hermanitos mas pequeños.
Flor tuvo cuatro hijos: Carmín, Doris, Candi y Nelly. Ella les contaba de sus tiempos de juventud, reviviendo esos momentos con mucho orgullo y sentimentalismo. Les enseñó la importancia de trabajar y tener responsabilidades en la vida y de amar y sembrar la tierra y la satisfacción de cosechar sus frutos y disfrutar de su flora. Les enseñó también que para triunfar en la vida tenían que estudiar y gracias a sus largas horas de costura y a grandes sacrificios, los envió a estudiar a la Universidad de Puerto Rico, donde todos se hicieron profesionales.
Le encantaba pasear por la isla los fines de semana con su esposo Siso y sus hijos. Durante el paseo, aprovechaba para pescar guábaras y camarones en el río o en la quebrada y recoger mangós, chinas, helechos y flores que había a orillas de la carretera.
En las navidades, preparaba los mejores pasteles de masa y de yuca del vecindario, un sabroso pernil, arroz con gandules y como postre, un rico arroz con dulce. La casa se impregnaba de todos estos olores. Para el día de Reyes, se confabulaba con los tres reyes magos, para que le trajeran a sus hijos juguetes exclusivos y fabulosos del oriente.
Fue una luchadora incansable, llena de amor, sabios consejos y apoyo incondicional. Disfrutó el fruto de esa semilla que sembró a través de los años. Tuvo su propia casa, su propio auto, un huerto en el techo de la casa donde cosechó lechosas, calabazas, higos, chinas, limones, tomates, parchas, cacao, etc., sembró y cosechó plátanos, guineos, aguacates, grosellas y achiote; pudo realizar en diversas ocasiones su mayor placer: viajar a diferentes partes del mundo, cultivó orquídeas, se dedicó a la crianza de aves, compartió con sus dos nietas, Millie y Mori y sobre todo, fue el pilar de un hogar maravilloso y de una vida entera de hermosos recuerdos para su familia.
COMPARTA UN OBITUARIOCOMPARTA
v.1.18.0