

La historia de Lidia Marcos Tovar
La historia de Lidia Marcos Tovar comienza en Huaral, Perú, en 1930.
De niña soñó con ser química, un sueño que la época y sus orígenes humildes la obligaron a dejar a un lado.
Aun así, no permitió que las circunstancias la estancaran. Todo lo contrario. Salió de Huaral, un lugar conocido más por las chirimoyas y las papas que crecen en sus tierras que por cualquier otra cosa, y puso rumbo a Lima, la capital del Perú. Allí estudió para ser secretaria, conoció a su esposo Delfín, se casaron en 1958 y, con el paso de los años, tuvieron tres hijas: Gisella, Úrsula y Patricia. Aun con su propia familia, nunca dejó de estar pendiente de sus padres y de sus hermanas y su hermano.
Perú, en pocas palabras, le dio todo lo que siempre quiso en la vida. Pero recuerden que estamos hablando de Lidia Marcos. Tal vez cualquier otra persona se habría dado por satisfecha, pero no ella. Estamos hablando de una de las mujeres más exigentes que ha criado el Perú, de esas personas para quienes la ambición y la convicción de que siempre se le puede ofrecer algo mejor a la familia van de la mano.
Hasta el último día de su vida, Lidia y Delfín estuvieron convencidos de que sus hijas merecían más.
Así que, en 1972, tomaron una de las decisiones más difíciles de su vida. Con tres niñas pequeñas y mucha incertidumbre por delante, ella y Delfín dejaron atrás la vida que habían construido en Lima. Cada cual con su maleta en mano, emprendieron el viaje hacia nuevos horizontes. Su destino, la ciudad de Nueva York.
No fue una decisión fácil. Emigrar significó empezar de nuevo, aprender a vivir lejos de la familia, enfrentarse al idioma, a los prejuicios y a los sacrificios que acompañan a quienes dejan su tierra buscando un mejor futuro para los suyos.
Después, buscando un lugar donde pudiera echar raíces, la familia se mudó a Puerto Rico. Allí, junto a Delfín, ella levantó un negocio que sostuvieron con amor y sacrificio durante más de 30 años.
Ese negocio fue un tesoro boricua. Le permitió educar a sus hijas y construir un hogar en San Juan que lo vio todo.
Vio cocinarse, una y otra vez, el que para muchos era el mejor ceviche de Puerto Rico. La mejor causa. La mejor papa a la huancaína.
Ese hogar fue testigo de las peleas entre tres hermanas peruanas que, aunque discutían, se querían con el alma.
Fue el hogar que recibió a los novios de las hijas de Lidia y Delfín, quienes con el tiempo se convertirían en sus esposos. Vio a los nietos y nietas que ella tanto adoraba crecer y convertirse en las personas que son hoy: Luis, Ángela, Coral, William, Juan Carlos y Laura.
El hogar vio a Lidia enseñarles a esos nietos a distinguir el bien del mal. Ese hogar la vio guiarlos, criarlos y ayudarlos a formarse con los valores que marcaron toda su vida. Pero, sobre todo, ese hogar fue testigo del amor incondicional que ella trajo consigo desde el Perú.
Puerto Rico los recibió con los brazos abiertos. Y lo que comenzó como un nuevo comienzo terminó convirtiéndose en el lugar donde decidieron quedarse para siempre, hasta el último respiro. Lidia siempre sintió amor tanto por su país como por su país adoptivo, que la acogió como una más.
En Puerto Rico también encontró la manera de servir a su comunidad. Formó parte de la directiva de la Asociación de Residentes Peruanos en Puerto Rico.
Quienes la conocieron saben que fue una esposa extraordinaria, una madre entregada y una abuela maravillosa.
Trabajó toda su vida y, cuando finalmente llegó el retiro, encontró su nueva ocupación favorita: cuidar a sus nietos. Ellos fueron la luz de sus ojos. Junto a Delfín, se encargó de transmitir el orgullo de sus raíces peruanas para que esa herencia nunca se perdiera.
Lidia vivió una vida admirable. Fue una mujer trabajadora, sacrificada, amorosa, sencilla y generosa. Dio todo lo que tenía para que los demás estuvieran mejor.
Hoy nosotros la despedimos con una tristeza profunda, pero también con una inmensa gratitud, porque sabemos que ahora está junto a su viejo. Delfín por fin tiene a su chinita de vuelta.
Me gustaría pensar que están en el cielo, sentados en una mesa, dándole gracias a Dios por todo lo que pudieron dejar en este planeta. Algo me dice que ella escogió irse cuando se fue, apenas cuatro días antes de la celebración de los 205 años de independencia del país que los vio nacer. Celebrar como debe ser: junto al gran amor de su vida.
Estoy segura de que están levantando sus copas, sonriendo, gritando: “¡Que viva el Perú, cariño!”, y derramando un poco de su vino por nosotros aquí en Puerto Rico.
En fin, el cielo está de fiesta.
COMPARTA UN OBITUARIOCOMPARTA
v.1.18.0