

Felix nació en Mezquital del Oro en Zacatecas, México en Noviembre 21 de 1939 y falleció en Abril 1 de 2026 en Fontana, California. Sus padres fueron Felipa Figueroa y Inez Robles. Vivió en Zacatecas desde que nació hasta el año 1949. Sus padres se mudaron con toda la familia a San Luis Río Colorado, y luego al ejido Grulla, y luego al ejido Islita. Él fue un hombre fuerte y trabajador que construyó su vida con pura determinación y sacrificio constante. Aunque solo tuvo la oportunidad de estudiar hasta el tercer grado, logró criar a 6 hermosos hijos junto a su esposa, Eugenia Robles: Ricardo, Rosa, Martha, Rafael, Sandra, y Beatriz, enseñándoles a abrirse camino en la vida y a convertirse en las personas que son hoy. Aproximadamente cuando tenía 20 años, tomó la valiente y difícil decisión de emigrar de México a los Estados Unidos, donde trabajó en los campos cortando lechuga y repollo en California. El formó parte de la Unión de Trabajadores Agrícolas. Soportó incontables y aparentemente interminables días en el campo para poder ganar lo suficiente y proveer para su familia, yendo y viniendo constantemente entre ambos países con la esperanza de establecer a su familia en los Estados Unidos, donde tendrían mejores oportunidades de las que él jamás imaginó para sí mismo. Felix Robles fue un esposo devoto al amor de su vida, Eugenia Robles, y padre de seis hijos. Su legado creció hasta incluir 12 nietos y 10 bisnietos, todos ellos exactamente lo que él hubiera deseado que su familia llegara a ser. Si hay algo que caracterizaba a la familia Robles, es que su hogar siempre estaba abierto. Nunca permitieron que nadie en la familia se quedará sin techo. Hubo un tiempo donde su hermana, Cande, y sus cinco hijos vivieron en su casa en Mexicali y también un tiempo sus tres hermanos menores vivieron en su casa. Esta constante compañía llenaba la casa de una calidez especial. Había algo sagrado… santo… en el amor que tenían por los demás. Entrabas a esa casa y sentías la presencia de Dios a tu alrededor. Fue un hombre de fe y servicio. Dedicó mucho tiempo a ayudar en la iglesias de Cristo Rey en San Bernardino y San Carlos Borromeo en Bloomington, trabajando como ujier y participando en eventos y fiestas. Si había algo pasando, lo más probable es que él estuviera ahí—ayudando, cocinando, bromeando y mandando… asegurándose de que todo saliera bien. Sabía realmente cómo disfrutar la vida. Le encantaban las reuniones grandes, la buena comida y adoraba estar rodeado de familia y amigos. Le gustaba estar al aire libre, cuidar sus plantas y árboles—especialmente sus árboles de aguacate—y asegurarse de que las rosas de su esposa estuvieran perfectas. Amaba a sus perros, su tiempo en el garage y se pasaba el tiempo trabajando sacando cobre. Y por supuesto, tenía un apodo para casi todos—te gustara o no. Ahora, mentiría si dijera que no era estricto, y definitivamente era terco. Tenía una personalidad fuerte y no tenía miedo de decir lo que pensaba. Podías discutir con él sobre cualquier cosa… y muchos de nosotros lo hicimos.Pero al mismo tiempo, tenía un corazón muy noble—especialmente cuando se trataba de los niños, y sobre todo de sus nietos. Recuerdo cómo solía convencerlo de que me diera más dulces de los que mi abuela me permitía. Todo lo que tenía que hacer era cantar: “Candies, candies, candies, Apa”, y así de fácil… cedía. Siempre. Ese era él. Fuerte por fuera, pero bien tierno cuando se trataba de las personas que amaba. No era perfecto—pero sinceramente, eso es parte de lo que lo hacía ser quien era. Amaba a su manera, y amaba profundamente. Y siempre lo supimos. Fue el último patriarca de la familia Robles—un hombre que llevó la fuerza, la tradición y el amor a través de generaciones. Y de una manera que se siente tan apropiada, falleció el Día de los Inocentes (April Fool’s Day)—un día conocido por las bromas, la risa y un poco de picardía. Y si lo conocías, eso tiene todo el sentido. Era bromista. Le encantaba reír, hacer reír a los demás y llevar luz a cualquier lugar. Casi se siente como una última firma suya—un recordatorio de no olvidar la alegría, el humor y la risa que trajo a nuestras vidas. Aunque es difícil imaginar la vida sin él, somos muy afortunados de haberlo tenido. Porque al final del día, nos dio tanto—sus sacrificios, sus enseñanzas, su amor y tantos recuerdos que permanecerán con nosotros para siempre. Gracias por todo—por tu fuerza, tu amor, tu terquedad, tu humor y todos esos pequeños momentos que te hicieron ser quien eras. Nunca te olvidaremos. Y siempre te llevaremos con nosotros.
COMPARTA UN OBITUARIOCOMPARTA
v.1.18.0