Minerva fue precedida en la muerte por su madre, Rosalía Olea; sus hijos, Julio César (7) y Reymundo Bonifacio (1); su hija, Gregoria Elizabet (4); y su hermano, Francisco Hernández.
Se bautizó como Testigo de Jehová en Jojutla, Morelos, el 18 de noviembre de 1989. Su fe fue una parte muy importante de su vida y siempre disfrutó compartirla con los demás. Hasta sus últimos días, continuó predicando durante sus citas médicas y en el hospital.
Le sobreviven sus dos hermanas, Patricia Arizmendi y Lucía Hernández, así como numerosos sobrinos, sobrinas, familiares y amigos que la recordarán con profundo cariño y gratitud.
A Minerva le encantaba cuidar sus plantas y compartirlas con quienes la rodeaban. También dedicó su vida a cuidar con mucho amor a su familia, especialmente a muchos de sus sobrinos.
Minerva será profundamente extrañada y siempre será recordada por su fe, su amor y la dedicación con la que cuidó de los demás.
“Dios mismo estará con ellos. Y les secará toda lágrima de sus ojos, y la muerte ya no existirá, ni habrá más tristeza ni llanto ni dolor. Las cosas anteriores han desaparecido.”
— Apocalipsis 21:3-4