Jose fue, ante todo, un hombre de familia. Su mayor sueño era tener una familia grande y unida, y lo logró. Nada le daba más orgullo que ver a sus hijos crecer, guiarlos con su fortaleza tranquila y celebrar las vidas que formaron. Ese orgullo nunca disminuyó; al contrario, creció con cada nueva generación.
Encontraba felicidad en los momentos que reunían a todos. Las reuniones familiares eran sus favoritas, llenas de risas, conversaciones y la música que tanto amaba. Los sonidos del norteño, las polkas, los huapangos y la música huasteca siempre estaban presentes, creando recuerdos que vivirán para siempre.
Jose disfrutaba de los placeres sencillos de la vida: escuchar su música favorita, ver a su querido equipo de fútbol, las Chivas, y compartir tiempo con su familia en una carne asada acompañada de una bebida bien fría. Pero más que nada, valoraba mantenerse en contacto con sus seres queridos. Ya fuera por teléfono o en persona, disfrutaba profundamente platicar con sus hijos, nietos, hermanos y toda su familia.
Le precedieron en la muerte su amada esposa, Maria del Carmen Coronado de Medrano, y su hijo, Juan Francisco. Le sobreviven sus hijos Simon, Noe, Eloy, Saul y Daniel, así como siete nietos y un bisnieto, quienes mantendrán vivo su recuerdo con amor.
Jose será recordado no solo por la vida que vivió, sino por cómo hacía sentir a los demás: bienvenidos, valorados y queridos. Su presencia fue una fuente constante de consuelo, su voz siempre familiar y reconfortante, y su legado vive en cada reunión familiar, en cada comida compartida y en cada canción que lo recuerda.
Será profundamente extrañado, siempre amado y nunca olvidado.