

Valbina Meneces fue una madre excepcional, una esposa amorosa, una abuela amada, una hija devota, una hermana leal, una tía entrañable, una prima especial y amiga preciada. Fue una luz en nuestra vida y llevó cada uno de estos títulos con gracia, humildad y un amor profundo e inquebrantable. Aun cuando su cuerpo soportaba dificultades físicas, su espíritu y su fe en Dios se mantuvieron firmes: alegre, fiel y lleno de luz. Nunca permitió que el dolor la definiera. En cambio, eligió persistir, animar e irradiar amor a través de todo.
La maternidad era su vocación y la abrazó con todo el corazón. Sin importar lo que la vida le deparara, sus hijos —Julie, John y Sam— siempre conocieron el consuelo de su amor, la fuerza de su presencia y la verdad de que eran su mayor alegría. Forjó un hogar no solo con calidez, sino con propósito: horneando galletas y pasteles con sus hijos, sobrinos y hermanos, enseñando con paciencia y derramando amor en cada plato que preparaba. Su cocina era su santuario y, a través de ella, regalaba no solo comidas, sino también recuerdos.
Durante 30 años convivió con su amado esposo y mejor amigo, Filemón Meneces, construyendo una vida arraigada en el amor, la fe en Dios y una profunda amistad. Juntos, sortearon el hermoso caos de la vida familiar, criando a tres hijos que ahora llevan su legado con orgullo.
Nacida y criada en Ajuatetla, Guerrero, fue una de nueve hermanos y un pilar de fortaleza en su familia desde el principio. Su impacto en su hogar y en su comunidad nunca pasó desapercibido. Incluso lejos de su pueblo natal, mantuvo sus raíces, honrando sus orígenes y entregándose sin cesar a sus seres queridos. Al visitar su hogar de infancia, se podía apreciar lo que dejó: rastros de amor, sacrificio y los profundos lazos que nunca soltó.
Poseía un don de Dios para unir a las personas, sin importar la distancia ni los años. Su risa era contagiosa, su sonrisa inolvidable y su presencia cálida y cautivadora. Así fueras un niño horneando junto a ella, un compañero de iglesia o un amigo lejano, tenía una manera especial de hacerte sentir apreciado y amado. Su hogar resonaba con fe en Jesús y con alabanzas que le agradaban y fortalecían su espíritu.
Vivía con sencillez, pero con plenitud: encontraba sentido en las cenas familiares, alegría en la enseñanza y propósito en unir a la gente. Ese fue su regalo al mundo: hacer sonreír a las personas, sentirse amadas y sentir que pertenecían.
Su legado perdura no solo en las historias que seguiremos contando, sino en la forma en que nos reunimos, nos apoyamos y nos amamos, tal como ella nos enseñó. Su fe inquebrantable en Dios, su ternura y su fortaleza resonarán por siempre en los corazones de quienes tuvieron la fortuna de conocerla.
Lo eras todo, Mamá. Y aún estás en todas partes. Te llevaremos en cada reunión familiar, en cada brillo navideño, en cada dulce aroma de galletas horneando. Descansa ahora. Nos lo diste todo. Y aunque lloramos y te extrañamos, nuestros corazones permanecen llenos, rebosantes del amor que nos diste con tanta generosidad. Tu misión aquí está cumplida, pero tu legado sigue vivo: lleno de corazón, de fe y de amor.
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v.1.18.0