

6 de agosto de 1923 – 2 de septiembre de 2026
Con el corazón lleno de amor, gratitud y profunda tristeza, despedimos a Agapito Gómez Mendoza, un hombre extraordinario cuya vida fue un verdadero regalo para todos aquellos que tuvieron la dicha de conocerlo y amarlo. Agapito nació el 6 de agosto de 1923, en Michoacán, México, hijo de Luis Gómez, también de Michoacán, y Lucía Mendoza, de Michoacán. Sus raíces, sus valores y las enseñanzas de sus padres lo acompañaron durante toda su vida y formaron al hombre noble, trabajador, honesto y generoso que llegó a ser. Hace 65 años, Agapito hizo de Oxnard, en el condado de Ventura, California, su hogar. Durante 20 años trabajó como trabajador del campo, desempeñando su labor con esfuerzo, dignidad y orgullo. Pero quizá sus mayores logros no estuvieron en el trabajo que realizó con sus manos, sino en el amor, los valores y la familia que construyó a lo largo de los años.
A su lado estuvo el amor de su vida, su devota y querida esposa, Antonia Mendoza, con quien compartió una vida llena de recuerdos, momentos sencillos, risas, dificultades, alegrías y, sobre todo, amor. Para Agapito, no había mayor riqueza que tener a su esposa y a su familia cerca. Lo que más amó en esta vida fue a su esposa.
Agapito deja atrás un hermoso legado familiar: 9 hijos, 28 nietos, 27 bisnietos y 5 tataranietos. Cada uno de ellos representa una parte de su historia y de su corazón. Ver a sus hijos crecer y, posteriormente, ver crecer a sus familias, fue uno de los mayores orgullos de su vida. Su mayor orgullo familiar siempre fueron sus hijos. Y sus mayores logros profesionales no se medían por títulos, reconocimientos ni riquezas materiales, sino por algo mucho más valioso: haber visto a sus hijos crecer, formar sus propias familias y continuar el legado que él comenzó. Agapito fue un hombre que entendió que la verdadera riqueza no siempre se encuentra en lo material. Vivió una vida en la que la generosidad y la compasión lo guiaron a tender la mano a quienes tenían menos que él. Dio porque tenía un corazón grande. Compartió porque sabía que ayudar a los demás era una de las formas más hermosas de vivir.
Fue, en muchos sentidos, un hombre rico en amor, recuerdos y momentos compartidos. Supo disfrutar de los grandes regalos que la vida le ofreció: su esposa, sus hijos, sus nietos, sus bisnietos, sus tataranietos y todas las historias que construyó junto a ellos.
Y también sabía disfrutar de los pequeños placeres de la vida: alguna visita ocasional a los casinos, un trago de Hennessy, buena música y, sobre todo, una buena oportunidad para reír. Porque Agapito disfrutaba de la alegría y sabía que una risa compartida podía convertirse en uno de los recuerdos más bonitos. Entre las muchas cosas que deja como enseñanza, quizá la más importante es una palabra sencilla, pero poderosa: honestidad. Si quienes lo conocieron pudieran llevarse una sola lección de su vida, sería la importancia de vivir con honestidad, tratar a los demás con respeto y nunca olvidar el valor de hacer el bien. Su canción favorita, “Los Años en Mi Espalda”, parece resumir de una manera especial la historia de un hombre que caminó por más de un siglo llevando consigo años de trabajo, sacrificios, alegrías, pérdidas, prendizajes y, sobre todo, innumerables recuerdos. Su color favorito era el azul, quizás tan profundo y sereno como la huella que deja una vida bien vivida. El 2 de septiembre de 2026, Agapito partió de este mundo, pero no se llevó su historia consigo. Su historia permanece en cada hijo, cada nieto, cada bisnieto y cada tataranieto; en cada abrazo que compartió, cada consejo que dio, cada acto de generosidad, cada carcajada y cada recuerdo que ahora vive en el corazón de quienes lo amaron. Porque un hombre no desaparece cuando deja de respirar. Permanece en las personas que amó, en las enseñanzas que dejó y en las generaciones que llevan una parte de él. Agapito vivió rodeado de los mayores regalos que la vida podía ofrecerle: el amor de su esposa, el cariño de su familia y una vida llena de recuerdos. Hoy lo despedimos con lágrimas, pero también con inmensa gratitud.
Gracias, Agapito, por tu amor.
Gracias por tu generosidad.
Gracias por tu honestidad.
Gracias por tus risas.
Gracias por cada recuerdo.
Gracias por la familia que construiste y por el amor que dejaste en ella.Tu vida fue larga, pero tu legado será eterno.
Que descanses en paz, Agapito.
Y cuando escuchemos “Los Años en Mi Espalda”, cuando levantemos un brindis en tu memoria, cuando la música suene y cuando una familia entera vuelva a reír recordando alguna de tus historias, sabremos que una parte de ti sigue aquí.
Te amaremos por siempre y te llevaremos eternamente en nuestros corazones.
1923 – 2026
Un siglo de vida. Una eternidad de amor.
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v.1.18.0