Alfonso fue una presencia verdaderamente apreciada por quienes tuvieron el privilegio de conocerlo. En su manera de estar con los demás se reflejaban la calidez y la consideración, y su trato dejaba una huella serena: una bondad sincera, ofrecida sin estridencias, y una generosidad que se manifestaba en gestos atentos y en la disposición constante de acompañar.
Alfonso residía en Los Angeles, California. Su recuerdo permanece con gratitud en la memoria de quienes lo quisieron y lo valoraron, y su ausencia se siente con la misma profundidad con la que fue estimado en vida.