Elena fue una presencia serena y firme: una mujer de integridad clara, cuya honestidad se expresaba con sencillez y sin estridencias. En su trato cotidiano se distinguía una gentileza constante, acompañada de una compasión que sabía escuchar, acompañar y sostener, incluso en los momentos más difíciles.
Quienes la conocieron encontraron en ella una fuente de inspiración discreta, hecha más de ejemplo que de palabras. Su entrega a los suyos reflejaba una devoción profunda, y su sentido del humor —oportuno y cálido— aportaba luz y alivio, recordando que la dignidad también puede caminar de la mano con la alegría.
Elena Lora residía en Atlanta, Georgia. Su memoria permanecerá con gratitud en todos aquellos que tuvieron el privilegio de compartir su camino y recibir su bondad.