

Lydia Rodríguez Rivera era su nombre. Fue el nombre que le dieron sus padres: Saturnino Rodríguez y Ramona Rivera. Pero a Lydia no le gustaba su nombre. Nunca supe si hubiera preferido llamarse de otra manera. De hecho, prefería que la llamaran Lilín, un pseudónimo parecido al tintineo de una pequeña campana, tierno y musical, porque Lydia se asocia con el término lidia, que significa pelea, batalla, lucha. No quería que la asociaran con el término porque la gente tiende a asociar los nombres de las personas con su carácter o personalidad. ¡Nada que ver, perdonen! Aunque, pensándolo bien, nuestra madre usó nombres bíblicos para cada uno de sus hijos, aún aquellos que nacieron antes de convertirse al Señor: José, Lydia (la de Tiatira), Esther y Daniel. Con todo, el nombre de Lydia-lidia a veces le caía como anillo al dedo. Era difícil de convencer cuando tenía una opinión formada. Complacerla no era fácil si iba en contra de lo que pensaba. Por ejemplo, no le gustaba ir a los médicos, porque opinaba que era más el daño que le hacían los doctores a los pacientes que el beneficio recibido. Iba a sus citas, que no eran frecuentes, lo que se dice: a regañadientes. En términos generales, poseía una buena, una excelente salud. Nunca tuvo situaciones que la pusieran en riesgo de muerte hasta el final de su vida. Como era ama de casa, sus comidas eran del tipo saludable. Siempre compraba los productos y los elaboraba en el hogar, prefiriendo esta comida a la comida chatarra. Nació en un sector muy pobre de Santurce. Su padre murió cuando sólo tenía 7 meses. Era un tema de conversación que nunca abordaba. Su familia por parte de padre siempre se mantuvo al margen de su vida, aunque en alguno que otro momento se relacionó con ellos. Luego perdió todo contacto y la esperanza de volverlos a ver. Contaba Lydia alrededor de cinco (5) años, cuando su madre viuda, conoció a Acisclo, quien se convertiría en su padre de crianza. Varios años más tarde nacerían sus dos hermanos menores: Daniel y Esther. Ambos padres trabajaban para traer el sustento al hogar. Lydia se convertiría, voluntaria o involuntariamente, en la hermana mayor que cuida de sus hermanos mientras la madre trabaja. Estos años fueron decisivos en la formación del carácter de Lydia: protectora, madura, responsable, organizada, hacendosa. Ella preparaba los alimentos y se ocupaba de mantener la casa limpia y recogida. Cuando los chicos regresaban de la escuela, les servía la comida. Con frecuencia, los hermanitos tiraban la comida a la basura, pensando que ella no se daba cuenta. Tan pronto lo descubría, preparaba la correa y la corrección no se hacía esperar. Si bien estos momentos eran un tanto amargos, de igual forma no faltaban las atenciones ni el cuidado en momentos de enfermedad. Como buena madre sustituta, sabía mantener la disciplina y recompensar la buena conducta. Los paseos a los parques corrían por su cuenta, y se convertía en institutriz cuando llegaban los cargamentos de libros escolares nuevos al hogar. La lectura de cuentos era una actividad obligada que los hermanitos disfrutábamos. Luego supe que no le gustaba leer. Sin embargo, mi aficción a la lectura nació en esos años de escuela primaria cuando yo no sabía leer. Las canciones infantiles fueron aprendidas al escucharlas de sus labios. Fue ella la persona responsable de la trasmisión de toda esa literatura oral y tradicional, del folklore y de los juegos de la niñez. Además, Lydia creció en el seno de la Iglesia Roca de Salvación. La alabanza y adoración mediante el cántico congregacional formaban parte importante del culto religioso. Lydia cantaba y cantó casi hasta el momento de morir. Se sabía cientos de himnos y coros de memoria. Ya al final, cuando su movilidad se vio afectada, sentada en su sillón preferido, Lydia cantaba todo el tiempo. ¡Quien canta sus males espanta!__ dice el refrán. Ella lo ejemplificaba. Mientras yo hojeaba un himnario viejo que ella conservaba desde joven, y leía los títulos de los himnos y coros, casi de inmediato comenzaba a cantar. En su memoria permanecían intactas las letras de aquellas bellas composiciones que añadieron sentido a la vida cúltica de los primeros años. En ocasiones, ella había cantado en compañía de su esposo, un joven que conoció en el lugar donde se congregaba la familia. Se llamaba Lorenzo. Era mayor que Lydia, había servido en el Ejército, y había presumido de guapo y abusador en su vida pasada. Dios lo trajo a sus caminos, bajo el ministerio de la misionera noruega Sally Olsen, y al llegar a la iglesia se encariñó con aquella jovencita de ojos claros y tímida sonrisa. Lydia había interrumpido los estudios. Cursaba el 10mo. grado cuando tuvo que ser intervenida quirúrgicamente. Luego fue sometida a terapias y perdió ese año escolar. Ella estudiaba el Curso Secretarial que la prepararía para trabajos de oficina. Un vistazo a su libro de Taquigrafía, gramálogos incluidos, me sirvió de acicate, pues años más tarde decidí estudiar esa misma concentración. Lydia, lamentablemente, no reinició sus estudios. Cuando se disponía a comenzar de nuevo, cumplidos los 20 años, apareció Lorenzo y comenzaron los preparativos para la boda. Así optó por ser ama de casa, pues su esposo se oponía a que trabajara fuera del hogar. Lydia no opuso resistencia a esta alternativa. Era bastante común que la mujer casada permaneciera en la casa, mientras el esposo buscaba las habichuelas. La pareja estuvo casada durante 51 años; sólo faltaron tres meses para el aniversario. No todo fue miel sobre hojuelas, porque la vida matrimonial tiene sus retos. Al final fue difícil para Lydia, pues su esposo fue diagnosticado con demencia. Eran muchas las señales que captaba. Su horario se trastornó de tal forma que interrumpía continuamente los periodos de descanso de Lydia. El era conductor; ella no. Con su mente afectada, asistir a las citas médicas se complicó. No tuvieron hijos, ni adoptaron, pese a las recomendaciones dadas por gente bien intencionada. Pero luego de evaluar los pros y contras de la adopción, Lydia concluyó "que si Dios no te da hijos, entonces es mejor no buscarlos". Sus hijos fueron sus hermanos menores primero, y luego los hijos de Pepe, su hermano mayor, y mis hijos y nietos. Siempre la titi estuvo disponible para los chicos. Edwin, el hijo menor de su hermano Pepe, vivió con Lydia y Lorenzo durante un periodo de más de un año. Allí sintió el calor de un hogar y el cuidado de unos adultos cariñosos y sensibles. A Judith la llamó "el Nino". Lydia Esther, otra de sus sobrinas, fue quien recibió un nombre que combinaba el de sus dos tías. A la tía Lydia le disgustaba que llamaran Cuquie a Lydia Esther. Siempre repetía: "Su nombre es Lydia Esther. No sé por qué se lo cambian." Migdalia fue otra de sus consentidas, otra "conená majer" (condená mujer, de cariño). Ruthy fue "la nena de Titi". Siempre preguntaba por ella, cómo estaba y cómo estaban sus hijos. A veces pensaba en ella como si todavía fuera una niña, olvidándose de que ya era madre de tres hijos, a los que igualmente conoció desde pequeños. Hasta el final recordó como Ruthy aprovechaba cuanta oportunidad tenía durante la niñez para irse con ellos al "cerro". Eran vacaciones que "Bello" y Lydia disfrutaban. Les llamaba la atención cómo Ruthy le ponía nombres nuevos a las cosas como si no las tuvieran: Bello (Lorenzo), canca (guitarra), dingue (salsa dulce), cataltol (gorro plástico de baño). Omar, William Omar, fue otro de los bebés que la vida le dio a Lydia a través de su hermana, y que "adoptó" como suyo. El también recuerda cuando la visitaba y ella lo premiaba con algún dinerito. De Daniel, su hermano, decía que era "un nene bueno, bien bueno conmigo", reconociendo lo valioso de su presencia y apoyo. Ya al final esas expresiones se repetían constantemente. Yo era "su negrita linda". Esta pérdida de memoria suya nunca fue total. Siempre nos reconoció, aún estando en su cama de hospital. Allí también recibió la visita de Judith y le dijo que no se fuera. Supo distinguir quién era familia, y quién era un extraño o extraña. Era muy celosa con su espacio. No veía con buenos ojos la posibilidad de tener a alguien asistiéndola que no fuera miembro de su familia inmediata. Siempre se resistió a recibir ayuda de gente enviada por alguna agencia, y puso por escrito que nunca debía ser internada en un hogar de ancianos. Pese a que a veces consideramos seriamente la posibilidad de proveerle unos servicios de hospicio, nos detuvo su insistencia en preservar la intimidad de su cuidado -- y su cuerpo -- para los suyos exclusivamente. Tampoco quiso ayuda cuando Lorenzo daba señales de conducta agresiva. Sólo cuando Lydia dijo que ya no podía más, nos apresuramos para atender su reclamo velado de ayuda. No quería ser carga para nadie. Siempre hizo uso de su discreción, de su buen juicio. Era excelente administradora y en ese sentido estuvo siempre dispuesta a preservar su espacio y lo que consideraba propio. Le llamaba la atención a los vecinos cuando entendía que le bloqueaban la entrada de su vivienda. A veces era muy insistente. Se daba a respetar, sin duda. Su sueño era vivir en un lugar con buenos vecinos, gente amable, respetuosa, considerada y no alborotosa. Pensaba que a muchos les guiaba la envidia, la hipocresía, la desconsideración. Pese a que su deseo era "volar" del sitio donde vivió durante los últimos veinte años, sus requerimientos para la mudanza la convertían en misión imposible. Sus especificaciones para una propiedad estaban bien definidas.... y difíciles de satisfacer en su totalidad: un lugar espacioso, con patio grande para sembrar, con orientación al sol durante la mañana y sombra en la tarde, sin perros en las casas de los vecinos, ni gente alborotosa y malhablada en los alrededores, que no pasen aviones "porque no los quiero volver a ver ni en pintura", de una sola planta, que no tenga un cementerio cerca, que no quede muy lejos de ??, etc., etc. Busqué la/s casa/s de sus sueños y cuando pensaba haber llegado, descubrí que no reunían todas las condiciones pre-establecidas. El alquiler estaba vedado, y el arreglo de la casita donde vivía, no aprobado. Mi alternativa era llevarla a vivir a Puerto Nuevo, porque descubrí que la mejor opción era un lugar conocido. Esa era la casa de mis padres y la que conservé desocupada para que ellos la habitaran. La mente es algo prodigioso, pero se puede convertir en una cárcel que nos priva de la libertad de tomar decisiones. Ella era de fácil trato; no salía de una oficina médica sin antes echarles la bendición al personal: doctores, asistentes, secretarias y todos los demás empleados. Ocurría todo el tiempo, sin omitir detalle al expresar sus mejores deseos de salud, prosperidad y bienestar. La vida que vivió fue relativamente buena. No hubo sobresaltos, ni accidentes, ni enfermedades catastróficas que lamentar. Su salud fue igualmente buena: dolor en las rodillas, tobillos hinchados, presión alta controlada con medicamentos. Se resistía a tomar muchos y variados. Su mente se extraviaba con explicaciones largas o términos legales. Tenía consciencia de la situación precaria en términos económicos de nuestro país y desconfiaba de los políticos, y de algunos religiosos. Su lema era cantar, cantar y cantar. Cuando pensamos en personas que piensan dejar un legado, tomamos como modelo a los políticos de renombre, a los hombres de ciencia, a aquellos que han escrito las páginas más notables de la historia. Pensamos que un legado es una aportación significativa que hace una persona o entidad a las próximas generaciones. Personas como Lydia no figuran en los libros de historia, pero dejan también un legado en la vida de quienes fueron impactados por sus valores, sus actitudes, sus enseñanzas, su aprecio por la vida. Ella quería vivir... para siempre. Nunca pensó en abandonar los predios, ni sus obligaciones aquí. El Señor dispuso que era hora de regresar a Casa. Ella nos deja el legado de una vida recta, dominada por los principios del bien. Nos deja lecciones de tolerancia en medio de un mundo totalmente intolerante, lecciones de la alegría de vivir expresada en cánticos de fe, amor, esperanza y salvación. Nos deja su "negrita linda" como si el tiempo no pasara y se quedara varado en nuestras memorias infantiles, impregnadas de juegos, canciones, volantines y cuentos como el del gallo pelón, de nunca acabar. Queremos que nuestras casas se llenen de risas y cantares como cuando nos acunabas en tus bracitos y nos cantabas "la linda manita que tiene el bebé", o "pon, pon el dedito en el pilón". Hasta luego, hermana del alma. Ya nos veremos en la otra Orilla donde el Señor, con sus brazos abiertos, nos espera.
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v.1.18.0