

Nuestra querida Silvia, quien a lo largo de sus siete décadas de vida fue hija, hermana, esposa, madre y abuela, vivió cada una de esas facetas con amor, entrega y alegría hacia sus seres queridos. Hoy nos duele profundamente su partida, pero encontramos consuelo al saber que está junto al Señor Jesucristo, velando por nosotros desde el cielo. Su ausencia dejará un vacío imposible de llenar, y cada día que nos reste en este mundo le pediremos a Dios que nos permita sentir su presencia, porque el amor que nos unió nunca desaparecerá.
Silvia nació el 21 de febrero de 1955 en La Habana, Cuba, y siendo aún pequeña, llegó a Puerto Rico, donde encontró su verdadero hogar. Se sentía profundamente puertorriqueña y celebraba con orgullo cada triunfo de los equipos que representaban a la isla en cualquier disciplina deportiva.
Desde joven fue una apasionada del deporte, especialmente del voleibol y el baloncesto, y fue precisamente ese amor al deporte el que inculcó en sus hijas desde temprana edad. Sus hijas fueron su mayor orgullo, su más grande pasión. No había sueño que no apoyara, ni actividad en la que no estuviera presente. Alcahueta como ninguna, incondicional en cada práctica, en cada juego, en cada idea que quisieran perseguir. Ser madre fue, sin duda, el papel que más disfrutó y el que desempeñó con más amor y entrega.
Silvia iluminaba cualquier lugar con su sonrisa. Alegre, regia, siempre impecable con su inseparable lápiz labial coral. Pero además de todo, era divertida y graciosa, con una chispa única que hacía que todos a su alrededor se sintieran felices y en confianza. Sus ocurrencias y su risa contagiosa serán recuerdos que atesoraremos por siempre.
Durante 53 años compartió su vida con su amado Arnie, su compañero inseparable y su cómplice en cada aventura. Fueron 5 años de noviazgo y 48 de matrimonio, construyendo juntos un amor sólido, sincero y lleno de momentos inolvidables. No había plan en el que no estuvieran juntos, siempre de la mano, recorriendo la vida con la certeza de que eran el uno para el otro. Su amor fue un ejemplo de entrega y complicidad, un lazo inquebrantable que trascenderá el tiempo.
Era el pilar de nuestra familia. Bondadosa, servicial, generosa, siempre dispuesta a dar sin esperar nada a cambio. Pero su mayor debilidad tenía nombre: su nieta Catalina. Tuvo la dicha de verla nacer, cuidarla durante sus primeros años y disfrutar de verla crecer hasta los seis años, construyendo un vínculo único e irrompible.
Silvia también era la fotógrafa oficial de la familia y amigos. No había evento, reunión o simple invento en el que no estuviera con su cámara o su celular en mano, lista para inmortalizar cada momento. Su clásica frase: ¡Foto, foto, foto! nos acompañará siempre, porque gracias a ella tenemos recuerdos hermosos que nunca se borrarán.
Amante de los animales, Silvia también fue madre perruna y la más consentidora con sus amados Tronky, Orión y Plutón.
Silvia, te amamos con todo nuestro corazón. Nos dejas un legado de amor, alegría, risas y entrega incondicional. Hasta que volvamos a encontrarnos.
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v.1.18.0