

Mario Perez nació en San Fernando, California, y creció en Modesto, California. Desde joven fue un hombre trabajador, determinado y con grandes sueños. Aprendió que las cosas importantes de la vida se consiguen con esfuerzo, perseverancia y la voluntad de seguir adelante, aun cuando el camino no sea fácil.
Su historia fue una de lucha y superación. Comenzó trabajando en el negocio de su familia y vendiendo fruta en México. Poco a poco, con mucho esfuerzo y confiando en sus ideas, fue abriéndose camino. Llegó a tener varios negocios de renta de películas en México y El Paso, y más adelante encontró su lugar en el negocio de los automóviles, donde abrió varios lotes en El Paso antes de trasladar sus negocios y a su familia a Phoenix, Arizona.
Mario fue un empresario exitoso y respetado, conocido por su carácter directo y su manera franca de hacer negocios. No le tenía miedo a los retos ni a comenzar de nuevo. Como todo hombre que se atreve a soñar en grande, tuvo triunfos y también tropiezos, pero siempre encontraba la manera de levantarse. Esa fortaleza y determinación fue parte de quien era Mario y una de las grandes enseñanzas que dejó a su familia.
A lo largo de su vida, Mario fue padre de seis hijos: Mario, Memo, Marie, Daisy, Michael y Joaquin. Sus dos hijos mayores, Mario y Memo, nacieron de matrimonios anteriores y vivieron gran parte de su juventud en México. Con el paso de los años volvieron a formar parte de su vida y, junto con sus hermanos, fueron parte de la familia y de la historia que Mario deja como legado.
Chihuahua, México, siempre tuvo un lugar muy especial en su corazón. Fue ahí donde conoció a su esposa, Hilda, el amor de su vida y su otra mitad. Juntos construyeron una vida y formaron una familia con sus cuatro hijos, Marie, Daisy, Michael y Joaquin. Hilda fue su compañera de vida, la mujer con quien compartió sus sueños, sus triunfos, sus dificultades y tantos años de historia. Caminaron juntos por la vida, siempre el uno al lado del otro, y ella permaneció junto a él, cuidándolo, acompañándolo y amándolo hasta el final.
Con el tiempo, Mario pudo tener su propio rancho en Chihuahua, un lugar que significaba mucho para él. Ahí encontraba tranquilidad y disfrutaba estar en un lugar que sentía suyo y que lo mantenía cerca de México y de sus raíces. El rancho fue, sin duda, uno de sus lugares favoritos.
También había cosas sencillas que le daban mucha alegría. Le gustaba jugar póker y participar en torneos, y desde niño fue fiel aficionado de sus queridos Dodgers de Los Ángeles. Ese amor por los Dodgers lo acompañó durante toda su vida.
Mario comenzó con poco, pero soñó en grande y construyó mucho. Sin embargo, quienes lo amaron saben que su historia no se resume en los negocios que abrió ni en todo lo que logró. Su verdadera huella está en sus seis hijos, Mario, Memo, Marie, Daisy, Michael y Joaquin; en la familia que construyó a lo largo de su vida; en la vida que compartió con Hilda; en sus enseñanzas, en sus historias y en todos los recuerdos que dejó en quienes tuvieron la dicha de conocerlo.
Mario nos enseñó con su vida que uno puede caer y volver a levantarse, que hay que luchar por lo que uno quiere y que nunca hay que dejar de seguir adelante.
Hoy lo recordamos no solamente por todo lo que logró, sino por el hombre que fue: trabajador, fuerte, determinado, esposo, padre y un hombre que vivió la vida a su manera.
Su ausencia se sentirá profundamente, pero todo lo que sembró en su familia permanecerá.
Porque hay personas que se van de nuestra vista, pero jamás de nuestra historia ni de nuestro corazón.
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v.1.18.0