Rafael vivió en Santa Ana, California. Quienes tuvieron el privilegio de conocerlo lo recuerdan como un hombre entrañable y muy querido, cuya manera de estar en el mundo se distinguía por la constancia del trabajo, la calidez del corazón y una generosidad que se hacía presente con sencillez y firmeza. Su recuerdo permanece como el de alguien amado, valorado y cercano, capaz de dejar huella a través de gestos cotidianos y una presencia que brindaba apoyo.
Le sobreviven tres hijos y una hija. También le sobreviven 13 nietos y 13 bisnietos, quienes guardarán su memoria con gratitud y afecto.
“Always Loved, Never Forgotten”