Soledad Castillo, quien partió de este mundo el 7 de octubre de 2026 en Knapp Medical Center, será recordada con profundo amor por su familia y por todos aquellos que tuvieron la dicha de conocerla. Nació el 26 de marzo de 1948 en México, hija de José Flores y María Luisa Mendoza, quienes le dieron las raíces de una vida llena de amor, dedicación y cariño hacia los suyos.
Soledad fue una mujer cuyo corazón siempre estuvo dedicado a su familia. Encontraba felicidad en las cosas sencillas de la vida, como salir a caminar al aire libre, cuidar con esmero su jardín y disfrutar de la compañía de los pajaritos que alegraban sus días. También disfrutaba jugar con su querido perrito, “Capullo”, quien le brindaba momentos de alegría y compañía. Entre sus mayores alegrías estaba preparar deliciosas comidas para quienes amaba, especialmente hacer tortillas de harina con sus propias manos, un gesto lleno de tradición y amor que seguramente permanecerá en la memoria de sus seres queridos. Le encantaba consentir a su familia, procurando siempre que quienes la rodeaban se sintieran amados, atendidos y especiales. Para Soledad, el amor se demostraba en los pequeños detalles, en una comida preparada con cariño, en el cuidado de su jardín y en cada momento compartido con sus seres queridos.
Su recuerdo vivirá por siempre en el corazón de su amado esposo, Rafael Castillo, con quien compartió su vida y formó una hermosa familia. También deja para atesorar su memoria a sus queridos hijos, Isaura (Antonio) Uribe y Gerardo Castillo, quienes llevarán consigo las enseñanzas, el amor y los recuerdos que su madre sembró en sus corazones.
Su legado de amor continuará floreciendo a través de sus adorados nietos, Leonardo Uribe, Antonio Uribe Jr., Yarely Uribe y Adrian Uribe, quienes siempre recordarán el cariño, las atenciones y los momentos especiales que compartieron con su abuelita.
Aunque su partida deja un profundo vacío en los corazones de quienes la amaron, su esencia permanecerá viva en cada recuerdo, en el aroma de unas tortillas recién hechas, en la belleza de un jardín cuidado con amor y en cada reunión familiar donde su presencia será eternamente extrañada.
La vida de Soledad fue un regalo para su familia, y el amor que compartió será un legado que el tiempo jamás podrá borrar. Su memoria permanecerá como una bendición, recordándoles que el amor verdadero nunca termina, sino que continúa viviendo en los corazones de quienes tuvimos la dicha de recibirlo.
Descansa en paz, querida Soledad. Tu amor seguirá floreciendo en cada corazón que tocaste, y tu recuerdo permanecerá por siempre en las vidas de quienes te amaron.