Mi papá fue un hombre trabajador, fuerte y dedicado. Siempre daba el cien por ciento en todo lo que hacía. Nunca dejaba nada para mañana; si había un trabajo por hacer, él lo hacía con responsabilidad, esfuerzo y orgullo.
Nos enseñó con su ejemplo el valor del trabajo duro, la perseverancia y el compromiso. Siempre buscó sacar adelante a su familia y hacer lo mejor por nosotros. Su amor no siempre se expresaba con palabras, sino con cada sacrificio, con cada día de trabajo y con todo lo que hizo para que nunca nos faltara nada.
Aunque el cáncer cambió su cuerpo, nunca cambió el hombre que era y su fé. Su fortaleza, su valentía y el inmenso amor que tenía por su familia permanecieron hasta el final.
Hoy nos duele despedirnos, pero también nos sentimos profundamente agradecidos por haber tenido el privilegio de llamarlo nuestro papá. Su legado vivirá en cada uno de nosotros, en los valores que nos enseñó y en el amor que sembró en nuestras vidas.
Papá, gracias por dar siempre lo mejor de ti. Gracias por tu ejemplo, por tus sacrificios y por tu amor incondicional. Te vamos a extrañar todos los días de nuestra vida, pero vivirás para siempre en nuestros corazones.
Descansa en paz, papá. Te amamos hoy, mañana y por toda la eternidad.