

Don Víctor Rafael Alvarado Rivera, mejor conocido como Vitín, nació el 3 de agosto del 1926 en las montañas del centro de nuestra isla- Orocovis, Puerto Rico. Hijo de Carmen Rivera Muñoz y Edelmiro Alvarado Colón, fue el mayor de dos hermanas-Carmen Nélida y Carmen Maria, y de su hermano Ramón Luis (Cuso).
Su niñez fue muy humilde, al igual que él. El respeto y amor a Dios y al prójimo fueron siempre su norte en su andar. Nunca olvidó de donde vino, ni a nadie que cruzó su camino-maestro, familiar o amigo. Agradeció toda la vida los tropiezos y los brazos extendidos; fue un luchador incansable y un ser humano divino.
Como solía suceder en aquellos tiempos, Vitín pasó temporadas con distintos familiares. Su madre trabajaba en otro pueblo. Ella siempre fue su adoración. Era una mujer inteligente, determinada, y responsable del bienestar de sus hijos. Sus hijos son claro reflejo de su compás moral y continúa siendo inspiración para todos- en especial para sus nietas. Vitín siempre hablaba amorosamente de su abuelo Liberato, con quien paso muchos años de su niñez en el barrio Bermejales. Era un hombre recto, justo y amoroso. Él y su abuelo paterno Artemio, tuvieron mucha relevancia en el carácter de Víctor; fueron sus principales figuras paternales.
Y fue así, “cruzando charcos,” y entre cafetales, que su vida tomo su curso. Entre el pueblo y el campo, entre sueños de superación y nostalgias. Siempre fue buen estudiante y soñaba con una carrera universitaria. Logró comenzarla en la Universidad de Puerto Rico, pero la vida tenía otros planes para él.
Conoció su primer amor, con quien tuvo su primera hija, Betzaida. Una hermosa, dulce e inteligente niña, que le dio otro propósito a su vida. Al mismo tiempo, ocurría la Segunda Guerra Mundial y su sentido de servicio y necesidad financiera lo llevo lejos de su hogar. Sirvió como técnico médico para las fuerzas armadas y al concluir su servicio, como muchos puertorriqueños durante la gran depresión, decidió emigrar a Nueva York, donde gran parte de su familia materna ya residía.
Y fue en Nueva York que pasó los próximos 25 años. Durante los años 40 y 50, tiempos de industrialización y los “trabajos en línea,” Víctor fue uno de esos trabajadores. A pesar de su humildad y a veces timidez, tenía un “don de gente” y caía bien donde quiera. En un Nueva York tan irónicamente dividido por estratos raciales y sociales como lo podemos ver hoy, tuvo mucha suerte. Lo mismo se codeaba con judíos, irlandeses, hispanos o americanos. Dominó el nuevo lenguaje con fluidez y a mucho orgullo. Era muy bueno con los idiomas e idiosincrasias de su dualidad cultural. Y fue a través de un familiar político que fue introducido al mundo de la relojería, donde se desenvolvió y trabajó por muchos años. Pero su deseo siempre fue tener su propio negocio y regresar a Puerto Rico.
Y así lo hizo, pero no sin antes disfrutar de su juventud en Nueva York, jugando “softball” y cantando tangos de Gardel en reuniones y fiestas con su familia extendida y la que formo a partir de los años 50, cuando conoció a Carmen Luisa, su esposa y madre de sus hijos menores- Blanca, Víctor Gabriel y Eva Giselle. Compró una bodega y trabajo largas horas, incansablemente por años, para educar y proveerle a su familia todo lo que tuvo y lo que le faltó. Nada era más importante para Víctor que su familia. Era palpable su orgullo y dedicación.
Finalmente, pudo regresar a Puerto Rico en el 1970. Compró su primera casa en Rio Piedras y un supermercado con el que pudo continuar proveyéndole a su familia con sustento y estabilidad. Luego, se mudó a Bayamón, donde continuó su vida como comerciante, pero esta vez con ferreterías, hasta que se retiró. Sin duda, el trabajo arduo y honesto fue el centro de su vida y de gran ejemplo para sus hijos.
Víctor era amante del domino y las galleras. Era muy conocido en ese ambiente y muy competitivo. Pero lo más que disfrutaba era la camaradería y distracción que estos pasatiempos le proveían. A Víctor le encantaba recibir familiares y amigos en su casa. Las fiestas, sobre todo navideñas, en su hogar eran muy esperadas. La música nunca faltaba, y los sopones de Carmen Luisa cerraban la noche en la madrugada. Eran tiempos de parranda, de tradición y esos recuerdos los llevan con nostalgia muchos de nuestros familiares. Su amor e insistencia en la unidad familiar lo distinguía, al igual que su empatía y necesidad de ayudar y hacer la diferencia en la vida de muchos.
Sus hijos vivimos orgullosos del gran hombre y excelente padre que fue, y de las huellas que dejó a su paso. Desde sus humildes comienzos hasta su historia de superación personal, desde su nobleza y sentido de dignidad, hasta su constante sacrificio personal. Nunca le dio quehacer a nadie. Aún dentro de la terrible enfermedad que le robó sus recuerdos en sus últimos años de vida, nunca dejo de ser el gran caballero, educado y delicado con todo aquel que lo cuidaba. Era imposible no amarlo. Siempre vivará en nosotros.
Hoy vuelve a Puerto Rico, luego de una estadía de 5 años en Orlando, FL. Regresa a morar con su hermana y su madre, ante la presencia de Dios. Oremos por su eterno descanso.
“Volver con la frente marchita
Las nieves del tiempo platearon mi sien
Sentir que es un soplo la vida
Que veinte años no es nada
Que febril la mirada, errante en las sombras
Te busca y te nombra
Vivir con el alma aferrada
A un dulce recuerdo
Que lloro otra vez”
FAMILLE
Blanca Alvaradohija
Eva Alvaradohija
Victor G Alvaradohijo
Betzaida Alvaradohija
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