

“La muerte no existe. La gente sólo muere cuando la olvidan. Si puedes recordarme, siempre estaré contigo.” -Isabel Allende Jovita Jaramillo Escobar nació el 8 de febrero de 1932 en Valle de Bravo, Estado de México. Falleció el 16 de febrero de 2016, a tan sólo 8 días de cumplir sus 84 años. Fue una persona que siempre afrontó la vida con una sonrisa y optimismo que contagiaba y motivaba a los que la conocían. Una mujer siempre luchadora hasta el final, nunca se dejó derrotar hasta que sabía que su tiempo había llegado de despedirse de este mundo. Desde muy jovencita Jovita fue muy valiente y aprendió a asimilar el concepto de independencia cuando se separó de su familia para aprovechar la oportunidad de estudiar en el Colegio Motolinia en la Ciudad de México. Es ahí, en el internado del colegio, donde ingresó como niña y floreció como mujer y como maestra. Entre sus compañeras, Jovita destacaba por su carácter ameno y modesto, su inteligencia, y su belleza. Años después se fue a vivir a Toluca con su familia y a trabajar en Pfizer. Fue una juventud colmada de amor, de gozo, de viajes, y de algunas tristezas. Un tiempo después, el destino se encargó de que se le apareciera la persona más indicada para satisfacer su sentido de aventura – su esposo. Con él, Jovita aprendió a ser todavía más valiente al casarse y aceptar su propuesta de iniciar una vida nueva en Los Angeles, California en 1967. Sin hablar el idioma y sin ninguna familia en Los Angeles, Jovita de nuevo, tuvo que afrontar lo que era estar sola en un mundo nuevo. Siempre la optimista, se adoptó a su vida nueva con todos sus retos y oportunidades. Entre los dos y con mucho sacrificio forjaron un hogar y un porvenir para ellos y para sus hijos. La alegría y el orgullo más grande de Jovita fueron sus tres hijos, Liz, Sandra y George. Con esmero y con mucho amor Jovita les dio las alas para alcanzar sus sueños y para que se conviertieran en personas íntegras y con sólidos principios. Aunque a veces no entendían a su mamá por su manera de sacrificarse por ellos, siempre la apoyaron y admiraron su valentía y su determinación por sacar a su familia adelante. El poder ver a sus tres hijos felizmente casados y el haber tenido la oportunidad de conocer a sus dos nietos la llenaban de satisfacción y de tranquilidad. Hasta sus últimos días, la fortaleza de Jovita y sobre todo su optimismo implacable eran admirables. Siempre fue una alma celestial consciente y hasta fascinada por la idea que algún día pasaría a un mundo mejor. Ahora descansa en paz otro angelito que seguramente nos estará cuidando desde el más allá. Nunca la olvidaremos y se queda con nostros su espíritu alegre y perseverante, su sonrisa y ese sentido de ironía y de humor.
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