

Eliezer Díaz Cotto falleció el 21 de febrero de 2026 a las 8:00 p. m., a los 83 años. Nació el 31 de marzo de 1942 en Guaynabo, Puerto Rico, y residía en Bayamon, Puerto Rico. Fue un hombre amable, amado, bondadoso, compasivo, desinteresado, considerado, devoto, fiel, generoso, honesto, humorístico, inspirador, leal, querido, sabio, trabajador y valiente, cuya vida dejó una huella profunda en quienes tuvieron el privilegio de conocerlo.
En sus primeros años, nació en Sonadora el 31 de marzo de 1942, donde la familia asistía a la Iglesia Cristiana Discípulos de Cristo (ICDC) de Sonadora. A partir de los 8 años se mudó con sus padres y familia a los Millones y asistían a la ICDC de Sierra Linda. Como 6 años más tarde llegaron a la comunidad Juan Sánchez donde se instalaron permanentemente con sus padres, Ciriaco Diaz Sierra* y Monserrate Cotto Nieves*, y sus hermanos, en orden de nacimiento: Isidro Díaz, Gladys Díaz(qepd), Aida L. Díaz, José Díaz, Azabdiel Díaz (qepd), Eneida Díaz, Héctor Díaz (qepd) y Erick Díaz. Allí comenzaron a asistir a la Iglesia Mission Board para luego comenzar a reunirse por mandato de Dios a su padre Ciro y, junto a otras familias, comenzar obra que terminó convirtiéndose en la ICDC de Juan Sánchez. Desde niño siempre fue útil, aun llevando a su hermana Elba por un corto periodo de tiempo en su bicicleta a la escuela. En Juan Sánchez continuó su desarrollo entre iglesia, evangelismo, disfrute y juegos de pelota que todos los hermanos formaban frente a la casa. Trabajó en construcción con su padre, más adelante en fábrica de rifles y estudió un bachillerato en Economía de la Universidad Interamericana de Puerto Rico. Un día leyó en el periódico un empleo en cosas relacionadas a la instalación de teléfonos y ahí trabajó hasta su jubilación de PR Telephone company. Poco a poco estaría pendiente para avisar a sus hermanos de nuevas aperturas en plazas para que solicitaran si así lo deseaban, lo cual hicieron. Siempre fue humilde, pero se sentía más que bendecido de haber sido un granito de arena importante en medio del desarrollo de sus hermanos. Luego de su retiro oficial de su empleo principal, no se quedó en la casa, sino que se unió en Casa Jupiter a su hermano Junior (Isidro Diaz) de donde salió a los 72 años. Su faceta de constructor fue continua, aunque no de profesión, poniendo puertas, ventanas, empañetando y muchas cosas más en su casa, la de sus hijas y sus hermanos. Hasta colaboró con su hermano Azabdiel en enchapado de baños del segundo piso de la ICDC en Juan Sánchez.
También sirvió en las fuerzas armadas, luego de un intento fallido por fracasar el examen. Cuando lo tomó marcó todo el examen lo más incorrecto posible, pero cometió el “error”, así decía, de contestar las preguntas que le hacían en inglés en medio de la entrevista oral, demostrando así que entendía el lenguaje, por lo que lo enviaron como quiera. Dios no le permitió llegar a Vietnam, sino que sirvió y fue asignado a diversos trabajos en Georgia y Carolina del Norte, que bajaban como orden oficial en papel, sin su supervisor y personal a cargo entender por qué. Le decían: “¡Tú tienes una suerte!”. Cuando regresaba del “assignment”, sus compañeros de “platoon” habían sido enviados todos menos él a Vietnam y él tenía que ser cambiado de grupo. Hoy, su familia reconoce más bien que era la provisión y bendición de Dios cuidando a cada uno de ellos y contestando las oraciones de sus padres, que tenían cuatro hijos varones en total sirviendo en la milicia a la vez.
En el amor y la familia encontró una de sus mayores alegrías. Conoció a María Lugoviñas Cruz en una visita que ella dio a Puerto Rico para conocer familia, ya que tenía primos, familia Ayala Cruz, que no había conocido. Al terminar esa larga visita, él ya estaba prendado y viajó a Nueva York a pedir su mano; contaba que su suegro le dijo: “no te lleves la mano, llévatela completa”. Se casaron el 5 de junio de 1971. De esta unión nacieron sus hijas: Debora D., Merari C. y Gladys A. Luego se añadieron sus yernos: Adam Hall, Carlo Robles y Alejandro López, quienes trajeron mayor bendición con Audrey Hall y Ailish López. Le sobrevive su esposa, María Lugoviña Cruz (esposa).
Fue un hombre muy “hands on”. Había trabajado en muchas cosas, por lo que podía reparar objetos, desarmar, modificar, trabajar en todo relacionado a construcción y, sobre todo, empañetar. Comentaba que luego de trabajar con su padre aprendió de todo, pero se dio cuenta que no le agradaba estar todo el tiempo en esos trabajos duros y por eso decidió estudiar y luego desarrollarse en su trabajo como gerencial. Junto a su esposa, motivó a sus hijas a estudiar, desarrollarse y valerse por sí mismas. Escribía en la maquinilla con todos sus dedos en el teclado; por eso, en la escuela superior de Merari, se amaneció en par de ocasiones pasando los trabajos y mandándola a acostar. Esto la motivó a estudiar teclado en la universidad más adelante. Todo lo disfrutaba y decía que Dios le había concedido todo, que no merecía nada, pero Dios lo cuidó y respondió en todo momento.
Su vida comunitaria y de fe fue constante. Asistió y sirvió a la iglesia, permaneciendo la mayor parte de su vida en la ICDC de Juan Sánchez como Presidente de Junta, Anciano, Diacono, Presidente de propiedad y otros cargos. Si existe un don de la alegría y agradecimiento a Dios, él lo tenía. Su familia y vecinos (cercanos y lejanos) escuchaban su cántico y alabanza desde la ducha cuando se bañaba y por todo Juan Sánchez. Reconocía como esencial asistir y apoyar las actividades de la iglesia y al Pastor de esta. Nunca, hasta su último culto de oración del martes en la noche, cuatro días antes de partir, olvidó presentar en intercesión a Pastores, Ministros y Laicos, así como sus hermanos, su esposa, sus niñas (como las llamaba) y familias que incluían esposos y nietas. Cantó en el coro todo el tiempo, en el Orfeón cuando existió, como solista y colaborando con otros coros cuando Franklin Rodríguez lo llamaba.
En sus últimos años, una frase suya quedó grabada en la memoria de muchos: “yo soy un hombre”. Cada vez que su cuerpo le dolía, cuando parecía no poder caminar sin su bastón, doblarse por su problema de cadera, correr como antes y hacer otras cosas, decía: “¡Oye! ¿qué te pasa? (o ¿qué tú te crees?) ¡Yo soy un hombre!”. Luego sonreía y sorprendía a todos completando aquello a lo que se refería, aunque le costara trabajo hacerlo. Decía que quería irse como su padre, tranquilo y con vigor. Aunque ya había pedido más tiempo de vida, expresaba que su padre duró hasta los 83 años, por lo que él tal vez se iría igual. No quería morir; disfrutaba su vida, pero sabía que la eternidad para los que esperan en Jesucristo es mucho mejor. Allí nos espera hoy, disfrutando de paz eterna con los que ya partieron en Jesús.
Quienes lo conocieron, en realidad lo amaron. Algunas excompañeras de trabajo le decían Cottito, por su segundo apellido, y hasta diciembre llamó para dar seguimiento de cómo estaba a una de ellas; disfrutó contarnos con quién había hablado. Siempre estuvo pendiente a mantener relaciones con las personas, mientras su salud se lo permitía. En el desarrollo de sus hijas hubo momentos en que ellas decían: “Este es como el alcalde”, porque siempre encontraba a alguien en el camino que lo reconociera y saludara. Aunque en ocasiones se sentía débil, cansado y adolorido, no hubo quejabanza que apagara su alabanza.
Se fue con sus botas espirituales y emocionales puestas. Antes de partir, proveyó el racimo de guineos más grande que hubiesen visto, el cual subió sin pedir ayuda, luego de talar con el machete parte de la verja de la parcela en su hogar. Se cansó, pero no desmayó; descansó en los brazos del Dios al que siempre sirvió, amó y alabó. Ante el dolor, su esposa, María, hizo eco de sus palabras y dijo: “A la verdad que se fue de la mejor forma, porque yo tampoco no me merezco nada, pero Dios me ha dado todo, una buena vida, un esposo maravilloso y unas hijas bendecidas. ¿Qué más puedo pedir? así mismo quiero irme yo.”
FAMILY
María Lugoviña Cruzesposa
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v.1.18.0