Enséñame, Oh San Lázaro bendito a ser dulce y bueno en todos los acontecimientos de mi vida. En los desengaños, en el descuido de otros, en la falta de sinceridad de aquellos en quienes creí, en la deslealtad de aquellos en quienes confié. Ayúdame a olvidarme de mi mismo para pensar en la felicidad de otros, a ocultar mis pequeños sufrimientos de tal modo que sea yo el único que los padezca. Enséñame a sacar provecho de ellos a usarlos de tal modo que me suavicen. No me endurezcan ni me amarguen, que me hagan amplio en mi clemencia y no estrecho. Que nadie sea menos, menos sincero, menos amable, menos noble, menos santo por haber sido mi compañero de viaje en el camino
hacia la vida eterna.
Amen