Te fuiste en silencio, sin un adiós, con la dulzura que siempre te dio Dios. Dejaste huellas que el alma no borra, amor tan inmenso que aún nos socorra.
Fuiste abrigo en noches de frío, consuelo eterno, ejemplo y camino. Tus manos tejieron caricias sinceras, tu voz, melodía que aún nos espera.
No estás... pero vives en cada rincón, en el aire, en un verso, en una oración. Te llevamos dentro, tan cerca, tan fuerte, que ni el paso del tiempo ni misma la muerte podrán alejarnos de tu bendición.
Extrañaremos ver tus hermosos ojos verdes, luz que brillaba aun en las tardes más fuertes.
Te amaremos por siempre, Mamá
El Señor está cerca de los que tienen el corazón quebrantado y salva a los de espíritu abatido. – Salmo 34:18