

Carlos Alberto Rivas rested his soul on July 14, 2024, surrounded by the very love, courage, and grace that defined his life from beginning to end. He wasn’t just a father—he was our compass, our poet, our quiet warrior. A dreamer with oil-stained hands and a heart full of music, nature, culture, and unconditional love. A man whose legacy will never be measured by years—but by the way he made people feel: safe, seen, and loved.
Born into humble beginnings, my dad was raised by my grandparents, Manuel and María, in a home where there was little, but never a lack of love. As one of five children, he grew up steeped in discipline, faith, and the belief that hard work and education could break any cycle. With a natural curiosity and a passion for machines, he defied the odds and earned a Bachelor’s degree in Automotive Mechanics—proof that grit and purpose can outshine any limitation.
In his early teens, he met my mom, Flor—and from that moment, they began building a life rooted in devotion and wonder. Their love gave us a home where memories blossomed. Our childhood was anything but ordinary because my dad made sure of it. He believed life was meant to be explored. He took us on countless adventures through Southern California—through museums, gardens, observatories, exhibits—all to show us the world through his eyes. He would bring science and history to life, not just as facts, but as stories worth seeing and feeling. Because of him, I don’t just love world travel—it’s part of who I am.
He had an ocean soul. The water called to him—offering peace, joy, and a connection to his beloved El Salvador. Our beach days weren’t just escapes; they were rituals. He found healing in the sound of waves and freedom in watching us connect with nature. That love for the sea—its stillness, its power—is something I carry with me every day and now means more because of him.
Then, there was his music. My father didn’t just play—he channeled. Whether it was Spanish ballads or classic English rock, he felt life’s emotions through his melodies. I can still hear him in the background of my childhood, singing gently or passionately, a private concert just for us. His voice—his songs—were lullabies and life lessons. Even now, I can't hear certain melodies without tears rising and love swelling in my chest. His music didn’t just stay in the air—it planted roots in us.
What I’ll remember most, though, is his heart. My dad had this quiet, powerful way of making you feel like you belonged. Like you mattered. He turned carne asadas into family holidays—even when it was just us in the backyard. He made the air feel lighter. Even a quick trip to McDonald’s with him felt like a celebration—because he had a way of turning time into a gift, moments into memories.
He gave everything—his food, his time, his tools, his home. When others would look away, he leaned in. He fed the homeless without hesitation, offering not just meals but conversation and dignity. He opened our doors to friends and family who had nowhere else to go. If a car broke down, anywhere- my dad was under the hood before the driver could ask for help. He never expected anything in return. Helping was just... who he was.
There were no grand speeches—only quiet, constant action. He didn’t preach kindness; he practiced it. Whether it was fixing a stranger’s tire, offering gas money to someone in need, or showing up with tools to help someone move, his love showed up in service. His love always showed up. To witness it was to feel Safe. Seen. Loved. And even in his hardest moments, when his own health was declining, he still found ways to lift others up—because kindness wasn’t just something he offered; it was the very language his soul spoke.
In his final years, as illness consumed him physically, but, he wouldn't allow it to break his spirit. He carried his pain with dignity, never losing his smile—especially when his grandchildren were near. Their laughter recharged his soul. Through them, he remembered joy, and through them, his legacy will live on.
He would often say, “Be good, do good, help others, and cherish family.” Those weren’t just his words—they were the way he lived, the melody he hummed to, the music left behind for us to follow.
We miss him more than words could ever express, but we will honor him the way he taught us: By living fully, learning endlessly, loving deeply… And always, always, letting the music play on.
Carlos Alberto Rivas leaves behind a world he quietly made better. His wife, Flor; his children—Mario, Juan, Ada, and Joel; and his six grandchildren will continue to carry his light, his lessons, and his song. His laughter still echoes. His music still lingers. His love—boundless and eternal—will never fade.
~~~~~~
Carlos Alberto Rivas entregó su alma al descanso eterno el 14 de julio de 2024, rodeado del mismo amor, valor y gracia que definieron su vida desde el principio hasta el fin. No fue solo un padre—fue nuestro compás, nuestro poeta, nuestro guerrero silencioso. Un soñador con las manos manchadas de aceite y el corazón lleno de música, naturaleza, cultura y amor incondicional. Un hombre cuyo legado no se medirá por los años vividos, sino por la manera en que hizo sentir a los demás: seguros, vistos y profundamente amados.
Nacido en un hogar humilde, mi papá fue criado por mis abuelos, Manuel y María, en un espacio donde había poco material, pero jamás faltó el amor. Como uno de cinco hermanos, creció entre la disciplina, la fe, y la convicción de que el trabajo duro y la educación podían romper cualquier ciclo. Con una curiosidad natural y una pasión por las máquinas, desafió todos los límites y obtuvo una licenciatura en Mecánica Automotriz—una prueba viviente de que la determinación y el propósito pueden brillar más que cualquier obstáculo.
En su adolescencia conoció a mi mamá, Flor—y desde ese momento, comenzaron a construir una vida basada en la devoción y el asombro. Su amor nos regaló un hogar lleno de memorias. Nuestra infancia fue todo menos ordinaria, porque mi papá se aseguró de eso. Creía que la vida estaba hecha para ser explorada. Nos llevó a incontables aventuras por el sur de California—por museos, jardines, observatorios, exposiciones—todo para enseñarnos el mundo a través de sus ojos. Traía la ciencia y la historia a la vida, no como datos, sino como historias que merecían sentirse y vivirse. Por él, no solo amo viajar—es parte de quien soy.
Tenía un alma de océano. El agua lo llamaba—le ofrecía paz, alegría y una conexión con su amado El Salvador. Los días de playa no eran simples paseos; eran rituales. Encontraba sanación en el sonido de las olas y libertad al vernos conectar con la naturaleza. Ese amor por el mar—su calma, su fuerza—es algo que ahora llevo conmigo cada día, y que significa aún más por él.
Y luego, estaba su música. Mi papá no solo tocaba—él canalizaba emociones. Ya fueran baladas en español o rock clásico en inglés, sentía la vida a través de sus melodías. Todavía lo escucho en el fondo de mi infancia, cantando suavemente o con pasión, un concierto privado solo para nosotros. Su voz—sus canciones—eran arrullos y lecciones de vida. Incluso ahora, no puedo escuchar ciertas melodías sin que se me llenen los ojos de lágrimas y el pecho de amor. Su música no solo flotaba en el aire—plantaba raíces en nosotros.
Pero lo que más recordaré de él… es su corazón. Mi papá tenía esa magia silenciosa, ese poder suave de hacerte sentir que pertenecías, que importabas. Convertía una simple carne asada en un día festivo—aunque solo estuviéramos nosotros en el patio. Hacía que el aire se sintiera más ligero. Hasta una visita rápida al McDonald’s se sentía especial con él—porque tenía la capacidad de convertir el tiempo en un regalo, los momentos en memorias.
Él lo daba todo—su comida, su tiempo, sus herramientas, su hogar. Cuando otros miraban hacia otro lado, él se acercaba. Alimentaba a personas sin hogar sin pensarlo dos veces, ofreciéndoles no solo comida, sino conversación y dignidad. Nuestra casa siempre estuvo abierta para amigos y familiares que no tenían a dónde ir. Si un carro se descomponía, donde fuera—mi papá ya estaba bajo el cofre antes de que alguien pudiera pedir ayuda. Nunca esperaba nada a cambio. Ayudar era simplemente… quien él era.
No daba discursos grandiosos—su amor se expresaba en acciones constantes y discretas. No predicaba la bondad; la vivía. Ya fuera cambiando una llanta, prestando dinero para gasolina o llegando con herramientas para ayudar a alguien a mudarse, su amor se mostraba en servicio. Su amor siempre llegaba. Ser testigo de él era sentir seguridad. Ser visto. Ser amado. Y aun en sus momentos más duros, cuando su salud se deterioraba, seguía encontrando formas de levantar a los demás—porque la bondad no era algo que ofrecía; era el idioma que hablaba su alma.
En sus últimos años, mientras la enfermedad consumía su cuerpo, nunca permitió que se llevara su espíritu. Cargó su dolor con dignidad, sin perder jamás su sonrisa—especialmente cuando estaban cerca sus nietos. Sus risas recargaban su alma. A través de ellos, recordó la alegría. Y a través de ellos, su legado vivirá para siempre.
A menudo decía: “Pórtate bien, haz el bien, ayuda a otros y valora a tu familia.” Esas no eran solo palabras—era la manera en que vivía, la melodía que tarareaba, la música que nos dejó para seguir.
Lo extrañamos más de lo que las palabras jamás podrán expresar, pero lo honraremos como él nos enseñó: Viviendo con plenitud, aprendiendo sin límites, amando con profundidad… Y siempre, siempre, dejando que la música siga sonando.
Carlos Alberto Rivas deja un mundo que silenciosamente hizo mejor. Su esposa, Flor; sus hijos—Mario, Juan, Ada y Joel; y sus seis nietos continuarán llevando su luz, sus enseñanzas y su canción. Su risa aún resuena. Su música aún vibra. Su amor—infinito y eterno—jamás se apagará.
SHARE OBITUARYSHARE
v.1.18.0