

María Piedad de Vera
“Pela”
¿Cómo se resume la vida de una mujer que significó tanto para tantas personas? La verdad es que no se puede. Porque Pela no fue simplemente una madre, una abuela o una bisabuela. Ella fue el corazón de nuestra familia. Fue ese abrazo que siempre esperaba por nosotros, ese lugar donde encontrábamos paz, ese amor que nunca conoció límites. Quienes tuvimos el privilegio de llamarla Ma sabemos que personas como ella nacen muy pocas veces en la vida.
Pela fue madre de sus hijos, pero también de sus nietos y de sus bisnietos. Su amor era tan grande que nunca hizo diferencias; nos cuidó, nos protegió y nos amó a todos con la misma intensidad. Por eso nunca sentimos que llamarla “abuela” fuera suficiente. Para nosotros siempre fue Ma, porque eso era exactamente lo que representaba en nuestras vidas.
Le encantaba estar rodeada de la gente que amaba. Disfrutaba las fiestas, las reuniones familiares y cualquier momento que significara compartir con los suyos. Le encantaba bailar, y cuando su cuerpo ya no pudo seguir el ritmo, nunca dejó de disfrutarlo; simplemente cambió de lugar y comenzó a decirnos a nosotros: “Bailen.” Ver a su familia feliz era suficiente para llenar su corazón.
También disfrutaba visitar a los demás, pero nada la hacía más feliz que recibir visitas en su casa. Le gustaba sentirse querida, sentirse recordada y saber que quienes amaba encontraban tiempo para estar con ella. Para Pela, no había regalo más grande que la presencia de su familia.
No pasaba un solo día sin que encontrara una manera de demostrar su amor. A veces era con una comida preparada con cariño, otras con un abrazo, una conversación o simplemente con su compañía. Su forma de amar estaba presente en todo lo que hacía.
Quienes la conocieron siempre la llamaron Pela, pero ese nombre nació de una historia que hoy nos hace sonreír. Cuando uno de sus nietos era apenas un niño, intentamos enseñarle que su nombre era Piedad. Él no podía pronunciarlo y, con toda la inocencia del mundo, dijo “Pela”. Desde ese momento, ese nombre se quedó con ella para siempre. Pero en nuestra familia nunca dejamos de llamarla también Mami, porque así se sentía tenerla con nosotros.
Su amor fue tan inmenso que superó el papel de una abuela. Nunca sentimos que esa palabra pudiera describir todo lo que ella era para nosotros. Siempre fue Ma, porque fue quien nos cuidó, nos enseñó, nos protegió y nos hizo sentir que, pasara lo que pasara, siempre tendríamos un lugar seguro a su lado.
Pela tenía un don que jamás podremos explicar. Si solo tenía dos dólares, encontraba la manera de darle de comer a todos. Nadie sabe cómo lo lograba, pero siempre alcanzaba. Sin importar lo poco que tuviera, nunca permitió que alguien se fuera de su casa con hambre. Pero su preocupación iba mucho más allá de poner comida en la mesa. Ella cuidaba de nuestras vidas, de nuestros corazones y de todo aquello que nos preocupaba.
Ni siquiera hacía falta decirle que algo estaba mal. Bastaba con que nos mirara para que, con esa intuición que solo ella tenía, preguntara:
”¿Qué te pasa, mija?”
Y de alguna manera, esas cuatro palabras tenían el poder de aliviar cualquier dolor. Porque cuando venían de ella, no eran solo una pregunta. Eran un abrazo, un refugio y la tranquilidad de saber que nunca tendríamos que enfrentar nada solos.
Hoy despedimos a una mujer irrepetible. Una mujer cuya generosidad, fortaleza, alegría y amor incondicional marcaron para siempre nuestras vidas. Aunque ya no podamos abrazarla, su forma de amar seguirá viviendo en cada uno de nosotros, en cada reunión familiar, en cada baile, en cada plato servido con cariño y en cada gesto de amor hacia los demás.
Porque mientras nosotros sigamos amando como ella nos enseñó, Pela nunca dejará de estar con nosotros.
Gracias por todo, Mi Pela.
Te amamos hoy, mañana y para siempre.
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