

Martita nació el 19 de julio de 1939 en El Progreso, San Marcos Guatemala a Jose Fuentes Bravo, y Rita Isabel de Leon Ochoa. Pasó parte de su niñez en San Marcos y en Antigua, Guatemala. En su juventud, se escapaba del internado donde estudiaba para ir a escuchar la marimba tocar en vivo y bailar al ritmo de su música, un amor por el baile que la acompañó durante toda su vida.
Dedicó una parte importante de su trayectoria a la enseñanza como maestra de educación primaria, profesión que ejerció con vocación y entrega. Fue muy querida por sus estudiantes, con quienes compartía no solo el aula, sino también momentos jugando cómo portera para el equipo de fútbol.
Se bautizó como testigo de Jehová el 28 de noviembre de 1964. Tomaba con gran seriedad su lectura diaria de la Biblia y su estudio personal, reservando tiempo cada día para ambos. Vivió siempre de acuerdo con uno de sus textos bíblicos favoritos, Hebreos 13:5, 6, que en parte dice: “Estén contentos con las cosas que tienen, porque él ha dicho: ‘Nunca te dejaré y jamás te abandonaré’. Así que podemos decir llenos de confianza: ‘Jehová es mi ayudante. No tendré miedo. ¿Qué puede hacerme el hombre?’” Este pasaje reflejaba su amor y lealtad a Jehová, así como la manera en que enfrentaba la vida.
Fue una mujer trabajadora y disciplinada, que se levantaba muy temprano para cumplir con sus labores y mantenía siempre su hogar limpio y en orden. Tenía un sentido del tiempo extraordinario; su mente funcionaba como un reloj, sabiendo exactamente la hora y cuanto tiempo dedicar a cada actividad del día. Siempre cuidó mucho su aspecto; le gustaba estar bien arreglada y tener sus uñas pintadas.
Además, fue una experta modista y una incansable tejedora, atributos que reflejaban su paciencia, creatividad y amor por el trabajo hecho con las manos.
Amaba profundamente la naturaleza, salir a caminar y pasar tiempo cuidando sus plantas y su jardín. También disfrutaba contar historias de su niñez, de su familia y de Guatemala, recuerdos que compartía con mucho cariño.
Siempre la recordaremos por sus hermosas cualidades: su resiliencia, su carácter sereno y su sentido del humor. Su calma natural y su alegría contagiosa hacían que quienes la rodeaban se sintieran tranquilos y felices a su lado. Fue una madre amorosa que, con una sola sonrisa o una mirada, transmitía un amor profundo y sincero.
Le sobreviven sus hijas: Flor, Sonia, e Ileana; sus nietos: Elihú y Abby; su hermana: Eluvia; y cinco sobrinos.
Anhelamos el momento de poder abrazarla nuevamente en el nuevo mundo, con salud perfecta. Queremos expresar nuestro profundo agradecimiento a todos nuestros queridos hermanos y amigos por su amor y apoyo en estos momentos de tristeza y dolor, recordando que “el amigo ama en todo momento” (Proverbios 17:17).
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v.1.18.0