

Los mejores momentos en la vida de Doña Julia fueron los que pasó rodeada de su familia. Le alegraba inmensamente ver a todos sus hijos, nietos y bisnietos juntos. Contaba sus ovejas, y si le faltaba una, la reunión familiar no estaba completa y se le notaba la añoranza. Se preocupaba si pasaban algunos días sin que sus hijos e hijas le llamaran o visitaran. Para ella sus hijos siempre fueron lo primero y les dedicó su vida sin reservaciones. Fueron su orgullo. Además de haber sido una gran madre, también fue una mujer devota de la iglesia Católica, trabajadora, humilde, honesta, compasiva y de un gran corazón. Su virtud más grande, y que la hizo una mujer excepcional, fue su disposición para servir a los demás. Su amor por otros siempre fue incondicional y se resistía a aceptar cumplidos u obsequios a cambio de su gentileza.
Julia nació el 18 de Febrero de 1942 en un rancho pequeño entre los estados de Jalisco y Michoacán. El ranchito es conocido como Tarimoro en el estado de Michoacán de Ocampo, México. Ella fue la primera hija de Enedina Cazares y Miguel Pérez. Los primeros años de su vida los vivió en Tarimoro donde atendió a la escuela y descubrió su afición por aprender y por la poesía. Muchos de sus familiares y amigos aún recuerdan su talento para cantar y recitar poesías. De muy niña también aprendió a tejer y a bordar porque era la tradición y una manera de pasar el tiempo ya que no había muchas diversiones u ocupaciones en Tarimoro.
Julia creció con dos hermanas, Consuelo y Amparo y dos hermanos, Gabino y Antonio. Como la mayor de la familia, Julia ayudo a cuidar a sus hermanos y hermanas porque su papá pasaba temporadas fuera de casa. Cuando Julia tenía alrededor de 16 años, su familia se fue a vivir temporalmente al Salitre, otro pequeño rancho en el mismo estado de Michoacán. En el Salitre, Julia conoció a Javier Torres, con el que se casó el 21 de Enero de 1960. El primer hijo de la joven pareja, Antonio Vicente, nació a mediados del año siguiente y poco después Julia y Javier se mudaron a la Ciudad de México. Ella contaba que llegó a la Ciudad de México el día que festejan a la Virgen de Guadalupe, el 12 de Diciembre. Julia y su esposo empezaron su negocio de comerciantes al llegar a México, el cual mantuvieron por cerca de 16 años.
La vida de Julia en la Ciudad de México fue difícil. Por los siguientes 21 años tuvo otros nueve hijos: Julián, Maria, Frank, Miguel, Jesús (murió de 6 meses), Adela, Rosa, Eva y Carlos y tuvo que trabajar muy duro para sacarlos adelante. Sus hijos varones fueron siempre muy responsables y empezaron a trabajar desde niños para ayudar con la manutención de la familia. Los niños que pronto se convirtieron en adolescentes, se levantaban en la mañana a trabajar y asistían a la escuela por las tardes porque Julia les inculcó que la educación era tan importante como el trabajo. El número de hermanas de Julia en su natal Tarimoro también creció en estos años añadiendo a Ana, Silvia Laura y Susana.
Julia pasaba todas las tardes arreglando la ropa de sus 9 hijos, incluso la confeccionaba; habilidad que aprendió por sí sola. Atender sus plantas era una de las actividades que disfrutaba, aun en sus días más ocupados. Mientras atendía sus quehaceres del día, ella estratégicamente encendía el radio para escuchar las radionovelas (Porfirio Cadena y Tres Patines eran sus favoritos), que era una de sus pocas distracciones, y así le rendía el tiempo.
A principios del año 1980, los tres primeros hijos varones de Julia, adolescentes en ese entonces, se mudaron permanentemente a San José, California. Desde San José, ellos continuaron ayudándola económicamente para poder sacar el resto de la familia adelante. Para el año 1999, los nueve hijos e hijas de Julia se habían mudado a San José y no tenían planes de regresar, por lo que Julia decidió emigrar permanentemente a los Estados Unidos para estar con sus hijos. Julia ya no tenía más familia directa en la Ciudad de México. Su esposo falleció en Mayo de 1997 lo que la hacía sentirse sola en su casa llena de recuerdos de sus hijos e hijas ausentes. Ella visitaba a sus hijos e hijas desde 1988, pero se mudó permanentemente a San José a mediados del 2002.
Una vez establecida y sabiendo que sus hijos e hijas eran autosuficientes, Julia enfocó su atención en otra área de gran importancia para ella, su fe. Aun cuando vivía en la Ciudad de México y se encontraba consumida por el negocio y las labores de la casa, ella se daba tiempo para asistir a misa en la iglesia local los Domingos y días festivos. Ayudaba con lo que podía para las actividades de la iglesia en la Ciudad de México. En San José, asistía a misa y celebraciones religiosas en la iglesia de Cristo Rey a la que caminaba desde las seis de la mañana para llegar a las ocho. Sus caminatas eran su forma de ejercitar y ayudar a controlar la diabetes que le diagnosticaron en el 2004. Después de misa regularmente acompañaba a sus amigas como voluntarias para visitar a enfermos, rezarles y llevarles la comunión. Llegaba a casa y seguía rezando! Sus amigas y amigos de la iglesia la apreciaban muchísimo y la acompañaron hasta sus últimos momentos.
Los miembros de la iglesia Cristo Rey organizaban viajes a Europa y Tierra Santa. En una ocasión Julia mencionó que “quien tuviera la fortuna de visitar lugares tan lejanos y bonitos.” Sus hijas la animaron a participar en el viaje y después de pensarlo largamente, decidió que iría. Ella regreso maravillada de la grandiosidad de la Capilla Sixtina en Roma y de los castillos de Francia y Alemania. También visitó Italia y Monte Carlo. Al año siguiente (2007), se organizó otro viaje a través de la iglesia, pero esta vez a Tierra Santa y como Julia ya tenía experiencia en el asunto, se animó más fácil y visitó Israel, Egipto y Jordania, donde fue re-bautizada en el Río Jordán. Subió el Monte del Sinaí, inicialmente a pie porque pensó que sería fácil, y finalmente el cansancio la hizo ceder y tuvo que concluir el paseo montada en un inmenso camello, al que inicialmente se había negado a usar porque creyó que no lo necesitaba. Nunca se le olvido la magullada del viaje en camello. Sus viajes fueron durante mucho tiempo su tema de conversación favorito y nunca dejó de maravillarse de las experiencias vividas.
Julia empezó a exhibir síntomas de cáncer en Octubre del 2015 mientras visitaba a su hermana Consuelo en la Ciudad de México, pero no sabía que sería cáncer. El cáncer de endometrio se le diagnosticó en Febrero del 2016. La operaron el 12 de Mayo y se recuperó muy rápida y satisfactoriamente. Desafortunadamente, durante la operación el cirujano detectó que el cáncer se empezaba a notar en las glándulas linfáticas cerca del estómago y recomendó un intenso tratamiento de quimioterapia semanal que duraría 18 semanas (Junio – Octubre). Julia demostró una vez más ser una mujer de gran valor soportando estoicamente los terribles estragos del tratamiento con la esperanza de vencer el terrible cáncer que la afectaba. A solo una sesión más para terminar, complicaciones producidas por el tratamiento, y la voluntad de Dios, se la llevaron el 29 de Septiembre (día de San Miguel – nombre de su padre) del 2016 mientras estaba rodeada por el amor de su madre Enedina, dos hermanos, todos sus hijos, nietos, bisnietos, nueras, yernos y amigos de la iglesia. Con la partida de nuestra querida Julia, se acabó su terrible sufrimiento físico y empezó su paz eterna en el cielo a lado de Dios – ese fue siempre su mayor anhelo.
El recuerdo y cariño por Julia vivirá por siempre en todos los corazones de quienes tuvieron la fortuna de conocerla.
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v.1.18.0