

Mayo 7, 1930 - Septiembre 3,2026
Hija de Julián Rascón y Tomasita Vargas, formó parte de una familia en la que creció junto a cinco hermanas y cuatro hermanos. Desde su niñez conoció la fe a través de su madre, a quien amaba y respetaba profundamente, al igual que a su querido padre.
De la fe que su madre le inculcó conservó hasta la fecha un recuerdo muy especial: el regalo que recibió de ella el día de su matrimonio, un cuadro del Santo Niño de Atocha. Esta devoción permaneció siempre en su corazón, al punto de realizar diariamente la novena, hasta que su memoria ya no se lo permitió.
A los 23 años de edad contrajo matrimonio con Louis Casillas, después de cinco años de noviazgo. Ese día, debido a que ella era muy chaparrita, pidió que le llevaran un pequeño banco para poder verse un poco más alta junto a su amado, ya que apenas le llegaba al hombro. Una anécdota que, sin duda, refleja el cariño y la alegría que compartieron desde el comienzo de su vida juntos.
De este hermoso matrimonio nacieron diez hijos, de los cuales actualmente le viven ocho, pues dos de sus hijos varones fallecieron a lo largo de su vida. Alejandro, su segundo hijo, falleció siendo ella muy joven, dejando en ella el primer dolor inimaginable que puede experimentar una madre al perder a un hijo. Sin embargo, sostenida por su fe en Dios y tomada de la mano de María, Virgen y Madre, encontró la fortaleza para seguir adelante.
A lo largo de su vida también tuvo que enfrentar el dolor de despedir a sus padres, hermanos y hermanas; a su hijo Rigoberto; a su amado esposo, Louis; a su nieto mayor, Genarito; y, más recientemente, a su bisnieto Alexis.
Cada una de estas despedidas dejó una profunda herida en su corazón. Pero, una vez más, su fe en Dios y su confianza en la intercesión de María Santísima fueron su consuelo y su fortaleza. De la mano de Dios y bajo el amparo de la Virgen, encontró la fuerza para levantarse después de cada pena y continuar su camino con amor, esperanza y fe.
Un recuerdo muy vivo de esta fe que quedó en el corazón de sus hijos, desde nuestra niñez, era verla rezar diariamente el Santo Rosario, conmoverse con la recitación de la Pasión de Cristo los viernes y, durante el mes de mayo, acompañarla todos los días a ofrecer flores a María, siempre acompañadas del rezo del Santo Rosario en la capilla.
En la casa de mamá y papá siempre había lugar para alguien más. Aunque éramos muchos, ella nunca hizo honor a su nombre de “Soledad” cuando se trataba de abrir las puertas de su hogar y de su corazón. Le gustaba recibir siempre a familiares, amigos, seminaristas, misioneros, religiosas y maestros. Y, por supuesto, cuando sus hijas e hijos crecieron y contrajeron matrimonio, recibió a sus yernos y nueras como si fueran también sus propios hijos e hijas.
Con cierta certeza puedo decir que quienes tuvieron la dicha de visitarla guardarán un recuerdo muy especial de ella: la bienvenida con un cálido abrazo y la despedida con una bendición. Mientras pudo, acompañaba a sus visitas hasta la puerta y, desde allí, esperaba para verlas partir, despidiéndolas con una señal de la cruz y su bendición.
Esa era ella: una mujer de puertas abiertas, de corazón generoso y de una fe que no solo vivió, sino que dejó sembrada en cada uno de sus hijos y en todos aquellos que tuvieron la dicha de cruzarse en su camino.
Su amor siempre alcanzaba para más. Por eso, no sólo cuidó de sus nietos, bisnietos y tataranietos, sino que siempre tuvo espacio en su corazón para cuidar también a otros niños, a quienes trataba con el mismo cariño y respeto.
Le gustaba jugar con ellos, llevarlos al parque, colorear juntos y armar rompecabezas para entretener a los más pequeños. Y ni qué decir de esas galletas que ninguno de nosotros podrá olvidar: las famosas galletas de mantequilla que siempre preparaba con tanto amor, hasta que sus fuerzas se lo permitieron.
Esos pequeños detalles quedaron grabados en la memoria y en el corazón de todos los que tuvieron la dicha de compartir con ella. Porque para ella, cuidar, compartir y dar amor nunca fue una obligación, sino una manera de demostrar cuánto amaba a los demás.
Cada reunión familiar se convertía en una fiesta para ella, porque le encantaba tener la casa llena, como ella misma decía.
En los cumpleaños, era de las primeras en cantar “Las Mañanitas”. Si alguien quería bailar, solo tenía que invitarla y ella se animaba con gusto. Cuando había regalos chistosos, siempre estaba dispuesta a reír y disfrutar de la diversión. Y si le pasaban el palo de la piñata, ¡claro que participaba y le daba con entusiasmo!
Y si alguno de sus hijos o yernos le ofrecía un traguito de cerveza, no les decía que no. En Navidad, con esa mirada pícara que la caracterizaba, tampoco rechazaba un chat de tequila para brindar junto a sus hijos y nietos adultos.
Así era ella: alegre, espontánea y siempre dispuesta a disfrutar cada momento. Le gustaba reír, celebrar y, sobre todo, tener a su familia reunida alrededor de ella. Para ella, una casa llena de gente era una casa llena de vida, de amor y de bendiciones.
Un dicho muy común de ella era: “Son más frescas las tardes que las mañanas”. Ella representaba las tardes, porque aunque ella ya había entrado en los años del atardecer tenía la disposición y alegría de una joven entusiasta. Lo decía porque no le gustaba la pereza; para ella, tomarse una siesta durante el día estaba completamente fuera de sus planes. Siempre estaba lista para salir y disfrutar, como ella misma decía: “Para donde me inviten, me voy”.
Por eso, en varias ocasiones, cuando su hijo Adrián la invitaba de un día para otro a irse a Chihuahua, ella simplemente hacía su maleta y se iba. Lo mismo sucedía con su nieto Genarito, con quien compartió muchas aventuras y momentos que quedaron para siempre en la memoria.
En más de una ocasión, durante el camino, Genarito le preguntaba: “Abuelita, ¿le piso a la gasolina para llegar más pronto?”. Y ella, con la alegría y picardía de una chiquilla, le contestaba: “¡Pues písale!”
Esos momentos reflejan perfectamente su espíritu: una mujer activa, aventurera y siempre dispuesta a decir que sí a una nueva experiencia. Nunca necesitó mucho tiempo para decidirse; si había una invitación, una aventura o simplemente una oportunidad de estar con los suyos, ella estaba lista para irse.
Viajó con todos sus hijas e hijos a diferentes ciudades de México y Estados Unidos, siempre con el mismo entusiasmo y alegría de quien sabe disfrutar la vida como una bendición diaria de Dios.
Estoy segura que este último viaje también lo ha emprendido con alegría y entusiasmo pues para ella contemplar el Rostro de Jesus y de Maria era la dicha más grande que alguien puede experimentar.
Es por eso que hoy, con profundo dolor, pero también con el corazón lleno de gratitud a Dios, despedimos a nuestra amada madre, abuela, bisabuela, tatarabuela y suegra, Soledad Rascón de Casillas, quien a sus 96 años de edad partió al encuentro del Señor, dejando una huella imborrable en el corazón de toda su familia.
Hoy despedimos a una mujer excepcional, cuya larga vida fue un regalo de Dios y una bendición para todos aquellos que tuvimos el privilegio de conocerla y amarla.
Dedicó su vida a su familia y recibió la hermosa bendición de verla crecer a través de cuatro generaciones. En cada una de ellas dejó sembrados su amor, sus valores y enseñanzas; su alegría, su cariño y esa generosidad que siempre la caracterizó.
Su vida fue una historia de fe, amor, entrega y fortaleza. Fue el corazón de una familia que siempre encontró en ella un refugio, una palabra de aliento, una sonrisa, un abrazo y, sobre todo, un ejemplo de amor incondicional.
Hoy sentimos profundamente su ausencia, pero nos consuela saber que todo aquello que sembró en nosotros continuará viviendo en nuestros corazones y en las generaciones que vienen. Su legado no termina con su partida; permanece en cada hijo, nieto, bisnieto y tataranieto que tuvo la dicha de recibir su amor.
Con lágrimas en los ojos, pero con la esperanza puesta en Dios, le decimos hasta luego. Gracias, mamá, gracias, abuelita, gracias por tu vida, por tu amor, por tu fe y por cada momento que nos regalaste.
Que Dios te reciba en sus brazos y que María Santísima, Virgen Peregrina de Schoenstatt a quien amaste y en quien siempre confiaste, te acompañe en tu encuentro con el Señor.
Descansa en paz, querida Soledad, Viejita Preciosa, Solecito encantador, Paloma Blanca.
Te llevaremos siempre en nuestros corazones.
Dale, Señor, el descanso eterno.
Que brille para ella la luz perpetua.
Que en paz descanse.
Amén.
Visitation will be held at Olinger Highland Mortuary & Cemetery, 10201 Grant St, Thornton, CO 80229, US, on September 15, 2026, from 9:30 am to 4:00 pm, followed by a Prayer Service at the same location from 4:00 pm to 5:00 pm.
A Funeral Service will take place at Holy Trinity Catholic Church, 7595 N Federal Blvd, Westminster, CO 80030, US, on September 16, 2026, from 11:00 am to 12:00 pm.
A Committal Service will be held at Olinger Highland Mortuary & Cemetery, 10201 Grant St, Thornton, CO 80229, US, on September 16, 2026, from 12:30 pm to 1:30 pm.
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