
Carolina nació en Longview, WA. Creció en Colima, se enamoró en Riviera Maya y decidió florecer y vivir en su amado Arizona.
Lectora insaciable, artista, promesa culinaria, escritora de fantasía y cantante ilustre de regadera. Una de las mejores embajadoras del deber ser. Lo demostró siendo una excelente alumna, excelente trabajadora y la regañona oficial de la familia. Amante de la moda, sin miedo a cambiar de estilo. Creyente de los tatuajes con significado…uno que otro, nada más por gusto. Defensora por los derechos de los gatos desprovistos de amor y de todos los perros bonitos. Prefería el frio en la casa, el calor en el exterior y evadir el conflicto antes de meterse en una discusión. Vivió. Cuando le pregunté sobre qué sueño tenía que cumplir para poder morir en paz, su respuesta fue clara: ninguno. Ahí confirmé que vivió feliz.
Su partida nos dejó en un abismo y tan rápido llegamos ahí, su sonrisa y el peso enorme de ser familia de alguien como ella, nos regresó las ganas de seguir peleando, ante el recuerdo, ante la tristeza. Ella nunca se rindió y jamás lo haremos nosotros.
Yo, como su esposo, dejé de preguntarme el porqué. Por ahora, lo único que me reconforta pensar, es que no hay duda, en el cielo, los doritos están más buenos.
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v.1.18.0