

Miriam Gutierrez Marlowe
Una Vida Bien Vivida. Un Corazón Profundamente Amado. Una Fe
Inquebrantable.
31 de agosto de 1951 – 29 de junio de 2026
"Una vida bien vivida no se cuenta solamente por los años, sino por el amor sembrado en los corazones. Miriam dejó una huella imborrable."
Con profundo amor, inmensa gratitud y la paz que solo Dios puede dar, celebramos la hermosa vida de Miriam Gutiérrez Marlowe, quien partió en paz para estar en la presencia de su Señor
y Salvador el 29 de junio de 2026, a la edad de 74 años, en New Smyrna Beach, Florida.
Miriam nació el 31 de agosto de 1951 en el Bronx, Nueva York, pero fue en Puerto Rico donde creció, donde se formó como mujer y donde aprendió los valores que guiaron toda su vida: el amor a Dios, la importancia de la familia y la alegría de servir a los demás.
La vida la llevó por distintos caminos. Vivió varios años en Inglaterra antes de establecerse en California. Allí enfrentó una de las pruebas más difíciles de su vida al quedar viuda siendo madre
de niños pequeños, Aixa y Nefty. Con una fortaleza admirable, una fe inquebrantable y un inmenso amor por sus hijos, siguió adelante con valentía y esperanza. Más adelante regresó a Puerto Rico por algunos años y, en 1987, hizo de Florida su hogar definitivo, donde construyó una vida llena de propósito, amistad, servicio y amor.
Aunque en su juventud comenzó estudios de medicina, decidió hacer una pausa para dedicarse por completo a la crianza de sus hijos. Nunca renunció a su deseo de aprender y superarse. Ya
siendo adulta regresó a la universidad y obtuvo con orgullo un Bachillerato en Gerontología de la University of South Florida, demostrando que nunca es tarde para cumplir un sueño.
A lo largo de su vida profesional se desempeñó como administradora de propiedades, administradora de centros de vida asistida y empresaria. Sin importar el cargo que ocupara, su
verdadera vocación siempre fue cuidar, escuchar y servir a los demás.
Pero si alguien le hubiera preguntado cuál fue su mayor logro, Miriam nunca habría hablado de su profesión ni de sus estudios.
Habría hablado de su familia.
Su mayor orgullo fueron sus hijos.
Sus nietos fueron algunos de los regalos más grandes que Dios le concedió.
Nada la hacía más feliz que reunir a su familia alrededor de la mesa, preparar una comida con amor o celebrar los logros de quienes tanto amaba. Disfrutaba cocinar, cuidar su jardín, leer,
resolver rompecabezas, tejer, hacer crochet, viajar, escuchar música de todos los géneros y bailar. También encontraba una inmensa alegría viendo a sus nietos MJ y Jayden jugar béisbol y
acompañando con orgullo cada paso de Alexia.
Durante los últimos siete años de su vida vivió una hermosa etapa de compañerismo junto a su amado compañero de vida, Manuel "Chicky" Cuevas. Juntos disfrutaron de los pequeños
regalos que ofrece la vida: cocinar, bailar, viajar, trabajar en el jardín y recorrer las playas de New Smyrna mientras agradecían a Dios cada día compartido.
Por encima de cualquier otra cosa, Miriam fue una mujer profundamente enamorada de Dios.
Su fe no era algo reservado para los domingos.
Era la manera en que vivía.
Amaba sin condiciones.
Perdonaba con facilidad.
Servía con humildad.
Oraba con fervor.
Siempre tenía tiempo para escuchar, aconsejar y extender una mano a quien la necesitara.
Su vida fue el reflejo más hermoso del amor de Cristo.
Miriam deja con inmenso amor a su querida hija, Gladys Aixa Melendez; a su amado hijo, Neftali Antonio Marlowe; y a su querido yerno, Mervyl Melendez, a quien recibió y amó
como si fuera suyo y la pareja querida de su hijo, Mary Ann Boyd. También deja a los grandes amores de su vida, sus nietos MJ Melendez, Jayden Melendez y Alexia Marlowe; a su
compañero de vida de los últimos siete años, Manuel "Chicky" Cuevas; a su hermano Claudio Gutiérrez; a su prima hermana Edna Santiago; además de familiares, amistades y muchas
personas que tuvieron el privilegio de conocerla y recibir el cariño de su gran corazón.
Fue precedida en la muerte por su amado esposo, David A. Marlowe; por su madre, Juanita Santiago Jorge; y por su padre, Claudio Gutiérrez Morales.
Quienes conocieron a Miriam recordarán siempre su sonrisa sincera, su espíritu generoso y esa capacidad tan especial de hacer que cada persona se sintiera bienvenida, escuchada y
profundamente querida. Su bondad nunca buscó reconocimiento; simplemente nacía de un corazón dispuesto a amar y servir.
Miriam no midió su vida por la cantidad de años que vivió.
La midió por la cantidad de amor que entregó.
Y ese amor seguirá viviendo en su familia, en cada oración que enseñó, en cada abrazo que regaló, en cada acto de bondad y en cada vida que tuvo el privilegio de tocar.
Hay personas que simplemente pasan por este mundo.
Otras dejan una huella imborrable.
Miriam fue una de ellas.
Aunque hoy sentimos profundamente su ausencia, encontramos consuelo y paz al saber que descansa en los brazos del Señor a quien sirvió con tanta fidelidad durante toda su vida.
Confiamos en que escuchó las palabras que todo creyente anhela oír:
«Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo
de tu Señor.»
Mateo 25:23
Por siempre amada.
Por siempre recordada.
Por siempre nuestro Ángel.
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v.1.18.0