

Maria Elena was one of four cherished children of Antonia Herrera and Isaac Flores Carrillo. To the many people who loved her, she was affectionately known as Nena, Mané, Gordita, Tía, and Abuela — names spoken with deep love and familiarity by family and friends whose lives she touched so deeply.
In 1965, Maria Elena married Jesus Huberto Salgado, and together they built a life centered around family, perseverance, and sacrifice. From their union came three children: Beatriz Elena Salgado, Rosanna Salgado McDonald, and Jesus Huberto Salgado, Jr.
In the late 1960s, Maria Elena immigrated to the United States with courage, determination, and hope for a better future for her family. She eventually made her home in El Paso, Texas, where she worked for many years and formed lifelong friendships. She especially loved her work at El Paso Community College and often spoke fondly about the students and coworkers who brought so much joy and meaning to her life. Her strong work ethic, warmth, and kindness left a lasting impression on everyone fortunate enough to know her. After being diagnosed with COPD in the late 1990s, she retired from work, and in the early 2000s, she moved to Tennessee to be closer to her children and grandchildren — the greatest joys of her life.
Maria Elena lived with extraordinary strength, resilience, and love. She believed wholeheartedly that anything was possible if you worked hard enough and kept faith in God, and she carried those beliefs with her through every challenge and sacrifice she faced. Everything she did was motivated by her love for her family. She wanted her children and grandchildren to have opportunities and comforts she and her husband had worked tirelessly to provide. Her love was selfless, unconditional, and unwavering, and she dedicated her entire life to caring for the people she loved most.
Although Maria Elena grew up with very few material possessions, she often said she was blessed with something far more valuable — love. She spoke often and lovingly about her childhood and the deep bond she shared with her mother, memories that shaped the compassionate and devoted woman she became. She understood, perhaps better than most, that life is not measured by wealth or possessions, but by the love we give and receive. To her, the greatest happiness came from sitting around the table with family, sharing meals, stories, laughter, and time together.
Maria Elena found joy in life’s simple pleasures. She loved cooking and baking for the people she loved, dancing, listening to live music, watching thriller movies and telenovelas, reading the Sunday paper, and simply sitting and people watching. She had a vibrant spirit and a deep appreciation for everyday moments that others might overlook.
One of the most unforgettable things about Maria Elena was her beautiful smile. It lit up every room she entered and instantly made people feel welcomed, comforted, and loved. Her smile was warm, genuine, and full of life — the kind of smile that stayed with you forever. She had a remarkable ability to make others feel important simply through her presence, kindness, and love. Her warmth touched countless lives, and the memories she created with those around her will continue to live on for generations.
Maria Elena is survived by her children, Beatriz Elena Salgado of College Grove, Tennessee; Rosanna Salgado McDonald (Thomas E. McDonald) of Castro Valley, California; and Jesus Huberto Salgado, Jr. (Patricia Arguelles) of El Paso, Texas. She is also survived by her beloved grandchildren: Jesse-Lee Douglas Keith of Knoxville, Tennessee; Samuel Noah Keith of Knoxville, Tennessee; Ileana McDonald of Los Angeles, California; Khalil Mateo McDonald of Los Angeles, California; Andrea Salgado of Tucson, Arizona; and Gabriel Salgado of El Paso, Texas.
She is also survived by her siblings, Rebeca Flores of Huntsville, Alabama; Gabriela Medina of El Paso, Texas; and Francisco Javier Flores (Janet Jamrawski) of Canutillo, New Mexico, along with many nieces, nephews, dear friends, and loved ones who will forever cherish her memory.
She was preceded in death by her parents, Antonia Herrera and Isaac Flores Carrillo, and by her former husband, Jesus Huberto Salgado.
Maria Elena’s life was a beautiful example of strength, sacrifice, resilience, and unconditional love. Though her family’s hearts are broken by her loss, they find comfort in knowing that her love, laughter, wisdom, and beautiful spirit will remain with them always.
María Elena Salgado Flores nació el 18 de agosto de 1944 en Torreón, Coahuila, México, y partió en paz de esta vida el jueves 30 de abril de 2026 en College Grove, Tennessee.
María Elena fue una de los cuatro queridos hijos de Antonia Herrera e Isaac Flores Carrillo. Para las muchas personas que la amaron, era conocida con cariño como Nena, Mané, Gordita, Tía, Abuelita y Abuela — nombres pronunciados con profundo amor y cercanía por familiares y amigos cuyas vidas tocó de una manera tan especial.
En 1965, María Elena se casó con Jesús Huberto Salgado, y juntos construyeron una vida basada en la familia, el esfuerzo y el sacrificio. De esa unión nacieron sus tres hijos: Beatriz Elena Salgado, Rosanna Salgado McDonald y Jesús Huberto Salgado, Jr., quienes siempre fueron el centro de su vida.
A finales de la década de 1960, María Elena emigró a los Estados Unidos con valentía, determinación y la esperanza de brindar un mejor futuro a su familia. Eventualmente hizo de El Paso, Texas su hogar, donde trabajó durante muchos años y formó amistades que conservaría toda su vida. Amaba especialmente su trabajo en El Paso Community College y hablaba con mucho cariño de los estudiantes y compañeros de trabajo que llenaron su vida de alegría y propósito. Su fuerte ética de trabajo, su calidez y su bondad dejaron una huella imborrable en todos aquellos que tuvieron la fortuna de conocerla. Después de ser diagnosticada con EPOC, a finales de la década de 1990, se retiró de trabajar y, a principios de los años 2000, se mudó a Tennessee para estar más cerca de sus hijos y nietos, quienes eran la mayor alegría de su vida.
María Elena vivió con una fortaleza, resiliencia y amor extraordinarios. Creía de todo corazón que todo era posible si uno trabajaba con esfuerzo y mantenía la fe en Dios, y llevó esas convicciones consigo a través de cada desafío y sacrificio que enfrentó. Todo lo que hacía estaba motivado por el amor hacia su familia. Deseaba que sus hijos y nietos tuvieran las oportunidades y comodidades por las cuales ella y su esposo habían trabajado incansablemente para construir. Su amor era desinteresado, incondicional e inquebrantable, y dedicó toda su vida a cuidar de las personas que más amaba.
Aunque María Elena creció con muy pocas posesiones materiales, siempre decía que había sido bendecida con algo mucho más valioso: el amor. Hablaba frecuentemente y con mucho cariño de su infancia y del profundo vínculo que compartía con su madre, recuerdos que moldearon a la mujer compasiva y entregada que llegó a ser. Ella entendía, quizá mejor que muchos, que la vida no se mide por riquezas o posesiones, sino por el amor que damos y recibimos. Para ella, la mayor felicidad era sentarse alrededor de la mesa con la familia, compartiendo comida, historias, risas y tiempo juntos.
María Elena encontraba alegría en los placeres sencillos de la vida. Le encantaba cocinar y hornear para las personas que amaba, bailar, escuchar música en vivo, ver películas de suspenso y telenovelas, leer el periódico los domingos y simplemente sentarse a observar a la gente. Tenía un espíritu lleno de vida y una profunda apreciación por los pequeños momentos cotidianos que otros muchas veces pasaban por alto.
Una de las cosas más inolvidables de María Elena era su hermosa sonrisa. Iluminaba cualquier habitación a la que entraba y hacía que las personas se sintieran inmediatamente bienvenidas, reconfortadas y amadas. Su sonrisa era cálida, sincera y llena de vida — una sonrisa imposible de olvidar. Tenía una manera especial de hacer que los demás se sintieran importantes simplemente con su presencia, su bondad y su amor. Su calidez tocó innumerables vidas, y los recuerdos que creó con quienes la rodeaban vivirán por generaciones.
María Elena deja a sus hijos: Beatriz Elena Salgado de College Grove, Tennessee; Rosanna Salgado McDonald (Thomas E. McDonald) de Castro Valley, California; y Jesús Huberto Salgado, Jr. (Patricia Arguelles) de El Paso, Texas. También deja a sus queridos nietos: Jesse-Lee Douglas Keith de Knoxville, Tennessee; Samuel Noah Keith de Knoxville, Tennessee; Ileana McDonald de Los Ángeles, California; Khalil Mateo McDonald de Los Angeles, California; Andrea Rocio Salgado de Tucson, Arizona; y Gabriel Eduardo Salgado de El Paso, Texas.
También le sobreviven sus hermanos: Rebeca Flores de Huntsville, Alabama; Gabriela Medina de El Paso, Texas; y Francisco Javier Flores (Janet Jamrawski) de Canutillo, Nuevo México, además de muchos sobrinos, sobrinas, amigos queridos y seres amados que siempre atesorarán su memoria.
Fue precedida en la muerte por sus padres, Antonia Herrera e Isaac Flores Carrillo, y por su exesposo, Jesús Huberto Salgado.
La vida de María Elena fue un hermoso ejemplo de fortaleza, sacrificio, resiliencia y amor incondicional. Aunque el corazón de su familia está roto por su pérdida, encuentran consuelo al saber que su amor, su risa, su sabiduría y su hermoso espíritu permanecerán con ellos para siempre.
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