

He was born in Nagoya, Japan, on January 1, 1942, in the midst of the Second World War. After graduating from Nanzan University, he made the courageous decision, at just 25 years old, to leave Japan and begin a new life in Mexico City, something few people would have done in those days.
His love for Mexico began through its music, especially Trio Los Panchos, which inspired him to study International Diplomacy and eventually led him across the world. He originally planned to stay in Mexico for just five years. Then he met Asenet, the love of his life, and the rest became a beautiful story that lasted 53 years.
Although they came from opposite sides of the world, from two completely different cultures and backgrounds, they were true soulmates. It brings comfort to know they remained together until his final breath.
It was during his university years that Kanehide also discovered the other great passion that would shape his life: karate.
After settling in Mexico, he founded the Shotokai Karate School in Mexico City, where he devoted the next 45 years to teaching. He never charged a single cent for his classes. Karate was never a business to him. It was simply something he loved and wanted to share.
To generations of students, he was far more than Shihan or Sensei. He was a mentor, a role model and a teacher who believed that karate was about building character as much as technique. Through patience, humility, discipline and respect, he helped shape the lives of countless people.
His karate legacy continues today through many of his own students, who became teachers themselves and continue passing on not only his knowledge, but also the values he lived by. The love, admiration and gratitude they continue to show him are among the greatest tributes anyone could receive.
Perhaps the most remarkable thing about Kanehide was the contrast at the heart of who he was.
He was a man who possessed the strength and skill to defend himself against almost anyone, yet he was one of the gentlest souls you could ever meet. His children can count on one hand the number of times they remember him ever raising his voice. He never looked for conflict, never treated anyone unkindly and believed that strength was something to be exercised with humility, kindness and quiet dignity.
He also had an unforgettable sense of humour.
His dad jokes were famously terrible. The kind that made everyone groan before laughing anyway because they were coming from him.
One family story captures him perfectly. After setting off an airport security scanner, the security guard opened his arms to indicate he needed to be searched. Kanehide smiled, opened his own arms... and gave the guard a hug.
That was Taki.
Even later in life, he never stopped challenging himself. After moving to Texas, he qualified as a licensed massage therapist in his seventies, an achievement that reflected the determination, curiosity and resilience that defined him throughout his life. He never stopped learning, growing or finding ways to help others.
To the world, he was Shihan. Sensei. Taki.
To those who loved him most, he was simply husband, Dad and Ji-chan.
He leaves behind his beloved wife, Asenet; his children, Hiroshi (Elizabeth) and Yunna (Sean-Taylor); and his cherished granddaughter, Sakura.
His Japanese heritage continues to live on through his family. Yunna has always been immensely proud to be half Japanese because she is half her father, and Sakura carries that same pride in her Japanese roots, a gift passed down by her Ji-chan.
Kanehide leaves behind generations of students whose lives he helped shape, a family who adored him beyond words, and countless memories filled with kindness, laughter and unconditional love.
Some people leave achievements behind.
Kanehide left people who became better because they knew him.
He will be deeply missed, forever loved, and remembered with gratitude by everyone fortunate enough to have crossed his path.
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Kanehide "Taki" Takeuchi
Con profundo pesar despedimos a Kanehide "Taki" Takeuchi, quien falleció el 9 de julio de 2026 a los 84 años de edad.
Nació en Nagoya, Japón, el 1 de enero de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Después de graduarse de la Universidad Nanzan, tomó una decisión muy valiente para un joven japonés de aquella época: a los 25 años dejó su país para comenzar una nueva vida en la Ciudad de México.
Su amor por México nació a través de su música, especialmente la del Trío Los Panchos, que despertó en él la curiosidad por nuestra cultura y lo llevó a estudiar Diplomacia Internacional. Su plan era quedarse en México solamente cinco años. Pero entonces conoció a Asenet, el amor de su vida... y el resto es una hermosa historia que duró 53 años.
Aunque provenían de mundos completamente distintos, con culturas, costumbres e idiomas diferentes, fueron verdaderas almas gemelas. Nos consuela saber que permanecieron juntos hasta el último instante de su vida.
Fue también durante sus años universitarios cuando descubrió la otra gran pasión que marcaría toda su vida: el karate.
Ya establecido en México, fundó la Escuela Shotokai de Karate en la Ciudad de México, donde dedicó 45 años de su vida a enseñar. Nunca cobró un solo peso por sus clases. Para él, el karate jamás fue un negocio. Era una pasión que disfrutaba compartir con los demás.
Para generaciones de alumnos fue mucho más que Shihan o Sensei. Fue un maestro de vida, un mentor y un ejemplo de que el verdadero karate no solo forma técnicas, sino también personas. Con paciencia, humildad, disciplina y respeto ayudó a moldear el carácter de cientos de estudiantes.
Su legado continúa vivo gracias a muchos de sus propios alumnos, quienes se convirtieron en maestros y hoy siguen transmitiendo no solo sus conocimientos, sino también los valores que él vivió y enseñó. El cariño, la admiración y el profundo respeto que ellos siguen sintiendo por él son quizá el mayor reconocimiento que cualquier maestro podría recibir.
Pero quizá lo más extraordinario de Kanehide era el contraste que existía en él.
Era un hombre con la fuerza y la habilidad para defenderse de cualquiera, y al mismo tiempo una de las personas más nobles y gentiles que alguien pudiera conocer. Sus hijos pueden contar con los dedos de una mano las veces que lo recuerdan realmente enojado. Nunca buscó pleitos, jamás fue grosero con nadie y siempre creyó que la verdadera fortaleza debía ir acompañada de humildad, respeto y bondad.
Y además... tenía un sentido del humor inolvidable.
Contaba los peores chistes de papá que uno pudiera imaginar. Eran tan malos que terminaban siendo buenísimos, simplemente porque los contaba él.
Hay una historia que lo describe a la perfección. En una ocasión, al pasar por el control de seguridad del aeropuerto, sonó la alarma. El guardia abrió los brazos para indicarle que debía ponerse en posición para ser revisado. Kanehide sonrió, abrió los suyos... y le dio un abrazo.
Ese era Taki.
Ni siquiera en la tercera edad dejó de ponerse nuevos retos. Ya viviendo en Texas, obtuvo su licencia como masajista profesional cuando tenía más de 70 años, un logro extraordinario que reflejó la determinación, la curiosidad y la fortaleza con las que vivió toda su vida. Nunca dejó de aprender, de crecer ni de encontrar nuevas maneras de ayudar a los demás.
Para el mundo fue Shihan. Sensei. Taki.
Para quienes más lo amábamos, simplemente fue esposo, papá y Ji-chan.
Le sobreviven su amada esposa, Asenet; sus hijos, Hiroshi (Elizabeth) y Yunna (Sean-Taylor); y su adorada nieta, Sakura.
Su herencia japonesa continúa viva en su familia. Yunna siempre se sintió inmensamente orgullosa de ser mitad japonesa porque eso significaba ser mitad de su papá, y Sakura comparte ese mismo orgullo por las raíces que heredó de su Ji-chan.
Kanehide deja detrás generaciones de alumnos cuyas vidas ayudó a transformar, una familia que lo amó con todo el corazón y un sinfín de recuerdos llenos de bondad, risas y amor incondicional.
Hay personas que dejan logros.
Kanehide dejó personas mejores por haber tenido la fortuna de conocerlo.
Lo vamos a extrañar profundamente, lo vamos a amar por siempre y vivirá para siempre en el corazón de todos los que tuvimos el privilegio de cruzarnos en su camino.
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