

Mauricia Lazo Sosa partió de este mundo el 23 de agosto, a la edad de 75 años. Nació en La Unión, El Salvador, el 6 de octubre de 1949, hija de Rumilda y Guillermo, y una de nueve hermanos que crecieron en la sencillez y la humildad de sus raíces.
Desde sus primeros días, la vida no le fue fácil, pero en la adversidad forjó la fuerza y la independencia que marcarían su camino. Con poco más que su voluntad y determinación, abrió sendas donde no las había, sin esperar la ayuda de nadie, trabajando incansablemente para ofrecer a sus hijos, Lino y Nettie, un refugio de estabilidad y amor.
Durante 46 años compartió un lazo inquebrantable con su amado esposo, Miguel Sosa. Su unión fue de amor, lealtad y silenciosa resiliencia, sosteniéndose mutuamente en alegrías y en luchas. Sin embargo, fue en las luchas ajenas donde su generosidad brilló con más fuerza: juntos abrieron su hogar a innumerables personas en necesidad. Maura cuidaba con ternura a los hijos de madres en apuros, mientras Miguel cedía su propia cama a refugiados que, como ellos, habían caminado senderos difíciles en busca de esperanza. Su casa no era un palacio, pero estaba llena de humildad y de un calor humano que iluminaba a quien más lo necesitaba.
Honesta hasta los huesos, llevaba la franqueza en sus palabras, aderezadas con un humor seco y una chispa aguda. Lo que a un extraño podía parecer dureza era, en verdad, su forma única de expresar cariño: arrancando sonrisas, ofreciendo perspectiva y recordando a los suyos la importancia de la vida sencilla.
Mauricia fue precedida en la muerte por sus padres y por dos de sus hermanos y hermanas. Le sobreviven su esposo y sus hijos; sus hijastros, Herbert y Douglas, junto a sus familias. Su mayor alegría era estar rodeada de sus nietos —Jocelyn, Daniel, Caylee, Mila y Santiago— quienes extrañarán profundamente a su “Ita”, pero llevarán siempre su amor grabado en el corazón. También la recordarán con ternura sus hermanos que aún viven, sus sobrinos, sobrinas y muchos amigos que fueron tocados por su luz.
La vida de Mauricia fue un testimonio de perseverancia, generosidad y amor. Surgió de la dificultad —no con privilegios, sino con fortaleza y un corazón abierto. Dio sin medida, pidió poco, y dejó tras de sí un legado marcado por los brazos abiertos, la honestidad sin titubeos y un amor que seguirá viviendo en todos quienes tuvieron la fortuna de conocerla: Maura, Mamá, Tía, Ita.
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v.1.18.0