

Ramona Vasquez Mendez was born August 31, 1929 in a small town in the Mexican State of Durango. She passed away on July 27, 2019 at the age of 91. Ramona is survived by her son Juventino, her son David, and her daughter, Soledad. She was preceded in death by her first-born son who was also named Juventino. Her 15 grandchildren and 22 great-grandchildren were her greatest joy. In spite of never attending school, she learned to read and write at the age of 60. When reflecting upon her life, she stated that her greatest achievement was becoming a United States citizen. She was sworn in on June 4, 1999.
Ramona was a faithful member of the Church of Jesus Christ of Latter-Day Saints. She found joy in housing missionaries for many years and serving in the children’s primary. Some of her hobbies included doll making, crocheting blankets, and sowing Christmas stockings. She is best known for washing dishes until 91 years of age. She would become deeply offended if someone beat her to the task.
Ramona once told her granddaughter that she had not accomplished anything great in her life to which her granddaughter responded, “Cómo que no?!? Por medio de su ejemplo de trabajo y perserverancia, tienes nietos que son psicólogo, arquitecto, ingeniero, maestros y profesionales.” Her life was humble and simple. Yet, she achieved so much that her actions and teachings will continue to guide generations to come.
Despite living in different cities for most of her life, she always returned to the small town of Namiquipa. Here she shared many treasured memories with her grandson, Juventino. The following memories are written by him.
Mi abuela Ramona y ese hermoso pero triste pueblo de Namiquipa, son dos historias que no se explican el uno sin la otra. Una de las bendiciones más bellas que me ha regalado la vida, es la de compartir veranos enteros al lado de mi abuela en aquel lugar lleno de magia. No era lo mismo visitar a mi abuela en la ciudad, que disfrutarla en Namiquipa. Especialmente, por todas las aventuras a las que nos exponía el carácter recio, valiente y ocurrente de “Doña Ramona,” como le conocen en aquel pueblo de las casas coloradas.
Uno de los recuerdos más intensos que tengo de mi abuela era cuando me decía “Tinito, hoy vamos a comer caldo de pollo.” Probablemente yo tenía unos 5 o 6 años de edad la primera vez que vi de donde y como se obtenía el pollo que se come uno en la mesa. Recuerdo perfectamente la voz de mi abuela diciéndome “Ora’ si mijo, hágase para allá y no se vaya a asustar mucho.” Acto seguido, mi abuela tomaba a la desafortunada gallina y empezó a darle vueltas en el aire como una matraca gigante. Aquella escena era una imagen difícil de procesar. Era una mezcla del terror más intenso, con la fascinación de ver a mi abuela llevar a cabo aquel sacrificio ranchero como si no hubiera nada de que sorprenderse. Luego, había que ayudar a la abuela a desplumar al pobre animal, preparar el caldo y sentarse a comer. Recuerdo el gesto risueño de mi abuela cuando nos sentamos en la mesa aquella vez. Me preguntó si se me había quitado el hambre de ver aquel circo de sangre, plumas y gallinas sin cabeza corriendo como locas. Le contesté que no. Le dije que el caldo estaba muy bueno. Y llena de orgullo le dijo a mi papá, “este si se está curtiendo!”
La otra experiencia que recuerdo con mucho cariño y melancolía, es el amor que mi abuela sentía por sus abejas. No había poder humano que le hiciera a mi abuela dejar de ir a visitar y limpiar los panales que mi papá tenía en sus huertas. Ni siquiera los piquetes frecuentes de las abejas la detenían. Parece que a mi abuela nada nunca la detuvo. Si las trabas de los Servicios de Inmigración de este país no le impidieron a Doña Ramona obtener su ciudadanía, cómo le iban a impedir Chalú y mi papá que se fuera “a las abejas.” Cómo olvidar esos días en los que mi abuela me pedía ayudarle a exprimir la miel de las pencas que sacábamos de los panales. Me tenía bastante chiple. Mi abuela me dejaba masticar esa cera llena de miel que es un lujo, y que casi nadie tiene el privilegio de probar.
Cómo te extraño abuela Ramona. Extraño tus manos duras y cansadas, pero llenas de amor y que hacían “masaje de empacho.” Espero que a donde estés un día vaya yo, y que volvamos a sentarnos a masticar pencas de miel y reírnos de historias de Namiquipa, de los corajotes de mi tío Rafail, y de las ocurrencias de mi tío Che Nieves.
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v.1.18.0